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La irritante falacia de un irritado

La irritante falacia de un irritado
Paco Ignacio Taibo II y su ídolo sangriento
Martes, febrero 28, 2017 | Ernesto Santana Zaldívar

LA HABANA, Cuba.- Muchos de los que se consideran izquierdistas
democráticos, de modo muy discordante, ensalzan a personajes
involucrados en la lucha armada por el poder e incluso en el terrorismo.
Sin embargo, lo más común es que estos admiradores los describan con un
tinte muy humanista, casi siempre rayando en el romanticismo, negando el
carácter violento, y hasta sanguinario, de sus ídolos.

Eso hace Paco Ignacio Taibo II en la serie documental Ernesto Guevara,
también conocido como Che, que acaba de pasar el canal Telesur, cuando,
por ejemplo, se sulfura mucho al comentar la época en que el guerrillero
comandó la Fortaleza de La Cabaña. Según él, no hubo tantos
fusilamientos y los que acusan a su ídolo de asesino son calumniadores.
“No les pedimos que dejen de ser reaccionarios, sino que dejen de ser
mentirosos”, exige, indignado.

Aunque este trabajo fílmico es reciente, se basa en un libro homónimo
(México, 1996) del mismo Taibo II, que la editorial Casa de las Américas
acaba de publicar y que se presentó en la Feria Internacional del Libro
junto a otros títulos de su autoría. El libro, reimpreso casi 50 veces,
“desborda veneración por el protagonista, sin incurrir en remilgos ni
ocultar las que podrían considerarse justas dosis de irritación”,
escribió la prensa oficialista. Esa irritación es porque, entre otras
cosas, la gente debió acudir en multitud a secundar al guerrillero en
Bolivia.

“Prolífico, multipremiado y traducido historiador, narrador, periodista,
promotor cultural y defensor de los más altos valores de nuestra
América, en particular la Revolución Cubana”, llama a este autor Luis
Toledo Sande, el sombrío estudioso martiano, que aprieta el pincel: “Al
verlo, no parece un académico, sino quien viene de alguna travesura, de
pisarle el pie a un mal nacido, de caerles a pedradas a imperialistas y
cómplices del imperio”.

Francisco Ignacio Taibo Mahojo (Gijón, Asturias, 1949) es un periodista
y activista político hispano-mexicano muy conocido como escritor
policíaco, por crear y dirigir hasta 2012 el festival literario de la
Semana Negra de Gijón y por fundar, en 1986, la Asociación Internacional
de Escritores Policíacos. Ha sido también profesor universitario y autor
de decenas de títulos sobre variados temas y figuras de la política.

Pero la verdad histórica y la ética más elemental no parecen ser de
mayor interés para este activo intelectual, como demuestra a las claras
en su documental sobre el Che. Lo importante es el mito, no lo que
ocurrió. Por eso acepta la versión oficial del tren blindado y de la
toma de Santa Clara. Por eso narra, sin el menor rubor, cómo un día en
una reunión Fidel Castro preguntó quién era economista allí y el Che,
que estaba medio dormido, entendió que “quién era comunista”, y
respondió que él. Su jefe lo designó director del Banco Nacional.

Y, claro, Ernesto Guevara no era violento. A Taibo II no le importa que
el aventurero pidiera en una carta a sus padres que se acordaran “de vez
en cuando de este pequeño condotieri (sic) del siglo XX”, o les dijera
que estaba “en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”. No se
refirió Taibo II a la vengativa y cobarde orden de fusilamiento contra
el comandante Jesús Carreras, fundador del Segundo Frente del Escambray,
a quien temía y odiaba.

No tuvo en cuenta su discurso en la ONU, donde reconoció: “Hemos
fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario.
Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el
resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos
cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba”.

Olvidó el famoso mensaje a la Tricontinental —donde el Che reclamó “el
odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa
más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en
una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”— y, tras la
Crisis de Octubre, su afirmación de que “si los cohetes hubieran
permanecido, los hubiéramos usado todos y dirigido hacia el corazón
mismo de los Estados Unidos, incluyendo Nueva York, en nuestra defensa
contra la agresión”.

A Paco Ignacio Taibo II le irrita la verdad sobre Ernesto Guevara,
también conocido como Che. También conocido, según consta en el
prontuario de la Policía Federal argentina, como “Chancho”. Tanto ese
como “Che”, eran apodos despectivos, en pago al trato racista que le
daba a Juan Almeida durante la preparación de la expedición del Granma
en México.

Si bien el ególatra argentino reverenciaba —y temía— a Fidel Castro, no
ocultaba su desprecio por los cubanos en general. Es sabido que su
afición por hacer matar —o matar él con su propia pistola— a cubanos
comenzó desde la misma Sierra Maestra y podía superar en crueldad y
sangre fría incluso a otros jefes asesinos.

Por eso irrita, más que la hipócrita irritación de Taibo II, la propia
apología de un aventurero que tanto contribuyó a implementar la peor
tragedia en la historia de Cuba, esa “Revolución Cubana” que tanto
defiende el autor. Y téngase en cuenta que cualquier desacuerdo con todo
eso que él admira desde afuera está, aquí dentro, legalmente prohibido y
castigado.

Todavía hay quien cree exagerada la reacción del músico Paquito D’Rivera
cuando escribió una carta abierta censurando a Carlos Santana por llevar
una imagen del Che en una ceremonia de los premios Oscar. Pero qué puede
asombrar si Jean-Paul Sartre lo consideró “el ser humano más completo de
nuestra época”.

Y, sin embargo, es difícil imaginar un pretendido redentor más patético,
que empezó como aprendiz de condotiero y se creyó líder del
antimperialismo mundial, cuya Meca, Cuba, es hoy solo una funesta postal
amarilla; que fracasó en el Congo para luego ir a consumar el fracaso
perfecto en Bolivia, abandonado por quien había sido su amigo y maestro,
Fidel Castro, que no se proclamaba una “selectiva y fría máquina de
matar”, pero que, en silencio y con maña, era la versión suprema de esa
tecnología revolucionaria.

Filmes y libros como estos llegan en un momento en que se acentúa el
largo atardecer de la mitología castrista y guevarista, con igual suerte
que esos interminables programas, documentales y series sobre Fidel
Castro y su revolución y sus amigos y cómplices, que pasan una y otra
vez por las pantallas o se pudren en las librerías sin que interesen más
que a unos pocos.

Sería interesante ver qué ocurriría si todavía viviera y fuera capturado
Herman Marks, prófugo de la justicia norteamericana por delitos comunes,
quien fuera nombrado por el Che jefe del pelotón de fusilamiento de La
Cabaña y al que un famoso escritor inglés llamó “el artista de Fidel”. A
Marks le gustaba dar el tiro de gracia a los fusilados en el rostro,
para dificultar a los familiares el reconocimiento. ¿Cuántas cosas
confesaría este individuo típico del terror revolucionario, que parece
sacado de una novela de terror y que escapó de Cuba por temor a ser
fusilado él también?

Cuánta irritación podría sentir Taibo II entonces.

Source: La irritante falacia de un irritado CubanetCubanet –
www.cubanet.org/opiniones/la-irritante-falacia-de-un-irritado/

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