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Patriotismo y conveniencia

Patriotismo y conveniencia
La conveniencia política y su importancia en la percepción del
republicanismo como la filosofía política más adecuada en la lucha
contra el castrismo
Alejandro Armengol, Miami | 23/06/2015 6:30 pm

Al igual que el gobierno de Ronald Reagan aprovechó la reacción violenta
de los blancos sureños contra el movimiento de los derechos civiles, y
estos pasaron de haber apoyado abrumadoramente a los demócratas a
volcarse de igual forma con los republicanos, en el caso de muchos
exiliados cubanos una táctica similar explica su transformación en
miembros furibundos del Partido Republicano.
Dos factores son esenciales para entender esa transición de los
exiliados cubanos, de demócratas a republicanos: la renuencia a
comportarse como una minoría —sin que esto les impida reclamar los
beneficios circunstanciales acordes a dicha clasificación— y el rechazo
a una asimilación total a la nación que les dio refugio.
En ambos hay orgullo nacional. Sin embargo, pese a lo repetido hasta el
cansancio, el patriotismo —entendido como el ideal de lograr un
derrocamiento del régimen de La Habana— no ha sido el motivo fundamental
a la hora de elegir partido político en este país. Más bien una
socorrida respuesta afectiva. Explotada una y otra vez por políticos
oportunistas, pero también aceptada sin cuestionar por votantes
demasiado dispuestos a la hora de admitir cualquier justificación al paso.
Eso explica la fidelidad al republicanismo, pese a los reiterados
fracasos de los gobernantes de este partido en lograr cualquier cambio
en Cuba. Es cierto que los mandatarios demócratas no han logrado mucho
tampoco, pero un republicano siempre es absuelto cuando al demócrata se
le condena por anticipado.
Más allá de los resultados nulos para producir un avance hacia la
democracia en Cuba —de lo cual habría que culpar a ambos partidos
políticos estadounidenses, bajo la arbitraria asunción de que ellos son
los encargados de tal misión—, cuando se mira que han sido tres
presidentes demócratas de EEUU los que mayor incidencia han ejercido en
el desarrollo de estos casi 56 años de desunión, uno se asombra de lo
desligado de la realidad que por la mayor parte de ese tiempo ha
permanecido el exilio.
Tras John F. Kennedy y Jimmy Carter, la culminación de ese proceso llega
con la presidencia de Barack Obama, donde se están dando dos fenómenos
curiosos: un enfrentamiento directo y público a una administración
estadounidense, de parte de lo que por décadas se ha llamado el exilio
“vertical” de Miami —aunque esta verticalidad desde décadas también no
pase de la fase verbal— y un inquilino en la Casa Blanca que finalmente
ha decidido cambiar las reglas del juego político entre Estados Unidos y
Cuba, y lo ha hecho sin fingir.
Que dicho inquilino sea un presidente demócrata constituye, al mismo
tiempo, la peor pesadilla y la más contundente reafirmación de ese
exilio: sin los tapujos propios de la era de Bill Clinton, el Partido
Demócrata adopta con claridad un rumbo ajeno al hardcore exiliado. Lo
hizo anticipadamente Hillary Clinton en su último libro y ya no hay
vuelta atrás: relegar a insignificancia el voto pro embargo y línea dura
o decidir que es batalla perdida el tratar de ganarlo —usted escoge la
explicación al gusto— y dar un paso hacia adelante. Será la tónica
imperante en la próxima elección, donde el tema cubano será incluido
aunque al parecer hasta ahora no de forma determinante: “Cuba es un país
pequeño y diminuto”, ya lo dijo Obama.
Asistimos entonces a la hora de las definiciones, donde lo que se inició
como simulacro político se consolida en candidatos y votos. Dos
aspirantes a la nominación presidencial republicana son de origen cubano
y un tercero puede reclamar no igual origen sino la misma filiación:
afinidades electivas, ideológicas y políticas. Por primera vez en la
historia de EEUU, un grupo minoritario con una densidad población
relativamente baja puede reclamar tal poder político, si atendemos solo
a cifras y políticos.
Pero la ecuación adquiere otra naturaleza al mirar no solo otros números
—cantidad de votantes— sino desde otra perspectiva: al tiempo que
consolidada en cierto imaginario del exilio la esperanza de que un
candidato “cubano” llegue a la presidencia de EEUU, en la figura del
senador Marco Rubio, no pasa hasta ahora de ser uno de los tantos
artificios que adornan las campañas electorales primarias de este país.
Está por verse si el caso cubano adquirirá verdaderamente la categoría
de tema de campaña, por la sencilla razón de que el paso dado por Obama
—de sacarlo de la inmovilidad y lanzarlo a un camino incierto— también
lo relativiza y reduce: el debate sobre el embargo en dos vertientes,
como un sendero de caminos que se bifurcan: uno comercial, en que cada
vez más republicanos se sitúan al lado de los demócratas, o incluso los
superan en la búsqueda de negocios, y otro político, que responde a la
misma lógica imperante en los dos mandatos presidenciales de Obama;
hacer hasta lo imposible para que cualquier proyecto de la Casa Blanca
termine en derrota.

Los inicios
Los inicios del cambio de los exiliados cubanos, de demócratas a
republicanos, se sitúan mucho más atrás que la era de Reagan. La
renuencia a integrarse al melting pot llenó de orgullo a las primeras
generaciones de refugiados cubanos. Esta excepcionalidad se unió a una
forma peculiar de conservadurismo, definido en lo político —más que en
lo social— por un sentimiento anticastrista que aumentó hacia el
irracionalismo tras la frustrada invasión de la Bahía de Cochinos y
afianzado en el apoyo republicano al embargo.
La realidad, como suele ocurrir, aporta matices que la hacen mucho más
compleja. Numerosos políticos cubanos continuaron siendo demócratas
incluso tras la llegada de Reagan al poder. El exlegislador federal
Lincoln Díaz-Balart lo fue hasta 1985. En 1984 actuó de copresidente de
la organización Demócratas a Favor de Reagan, un hecho que lo enemistó
con otros miembros del que entonces era su partido y donde nunca llegó a
triunfar en las elecciones primarias.
(Hay que señalar además que las peculiaridad del conservadurismo cubano
inicial, donde los primeros legisladores elegidos, los republicanos
Ileana Ros-Lehtinen y Días Balart y el demócrata Bob Menéndez, se han
destacado por un anticastrismo visceral pero también por una amplitud de
criterios en temas como inmigración, orientación sexual y ayuda a los
necesitados, ha sido opacada en quienes han sido elegidos luego, tanto
en posiciones estatales como nacionales, quienes comparten criterios con
el conservadurismo más extremo que se ha apoderado en buena medida del
Partido Republicano.)
El cambio mayoritario de demócratas a republicanos, en muchos electores
cubanos, obedeció a diversas circunstancias: la creación de la Fundación
Nacional Cubano Americana (FNCA), la actuación del exgobernador de la
Florida Jeb Bush en favor de ciertos miembros de la comunidad convictos
de actos terroristas y la habilidad del republicanismo para aprovechar
la frustración del exilio ante el fracaso de la lucha armada y la
conversión del embargo norteamericano hacia la Isla en la última tabla
de salvación para los opositores a Castro. Fue la FNCA quien logró
transformar la frustración creada durante la época de Kennedy en un
verdadero poder político de influencia en Washington.

Política de conveniencias
Los exiliados no son republicanos ni demócratas por vocación sino que,
al igual que ocurre con el resto de la población de este país, se dejan
guiar por sus líderes.
La conveniencia política —quizá sería más indicado decir una política de
conveniencias— ha jugado un papel de igual importancia a la percepción
del republicanismo como la filosofía política más adecuada a los ideales
de lucha frente al castrismo. Así se explica la mayor tolerancia hacia
los mandatarios republicanos, en lo que de refiere a la política
norteamericana respecto a la isla.
Otro mito —de orden diferente— es la autonomía empresarial del exilio y
su defensa denodada de la menor participación posible del Estado en la
gestión económica. Tal filosofía ha servido para que estos exiliados se
consideren representantes ejemplares del neoliberalismo. Aunque un
análisis del desempeño de algunos capitales cubanos en Miami muestra un
panorama distinto, donde el mérito y la virtud en obtener riquezas se
encuentran más cerca de un astuto aprovechamiento de los vínculos con el
poder local, estatal y nacional, en una forma que los convierte en la
práctica en paladines del mercantilismo —el modo económico en que el
poder gubernamental se pone de parte de determinados grupos de interés
para facilitarle la adquisición de prebendas, contratos y ganancias— y
no en competidores que miden sus fuerzas y recursos en un mercado abierto.
Esta unión de negocios y política se encuentra en la raíz de las
posiciones de algunos líderes comunitarios, portavoces del exilio y
representantes políticos. Define sus conceptos y valores sobre lo que
consideran mejor para el futuro cubano y explica sus apoyos y rechazos
respecto a la forma no solo de lidiar con el gobierno de la Isla, sino
de considerar las aspiraciones de quienes viven en ella.
Intereses comerciales y económicos que bajo un disfraz de patriotismo
intentan algo más simple: hacer negocios. Si hoy son republicanos, es
porque piensan que con este partido sus posibilidades son mayores. Lo
demás es ruido y patriotismo de café.
Tanto demócratas como republicanos se han mostrado más interesados en
aparentar un interés por la situación en Cuba que en contribuir a un
cambio real en la nación caribeña.
Esta realidad, repetida durante años, siempre encuentra en Miami un
acondicionamiento político: los republicanos dicen que son los
demócratas quienes no quieren un cambio en Cuba y los segundos responden
desde una posición defensiva, argumentando que los primeros no han hecho
nada útil al respecto.
En la práctica ambos partidos han hecho todo lo posible por no destacar
sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la
Isla que desencadene un éxodo masivo.

Malgasto de fondos
Desde los lejanos planes de la CIA, durante la década de 1960, para
exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un
esquema similar, difícil de entender fuera de Estados Unidos: la
utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de
no lograr nada.
Lo que en muchas ocasiones se ha interpretado como torpeza o franca
ineficiencia no ha sido más que la apariencia de un proyecto destinado a
fracasar. Solo una nación con un presupuesto de millones y millones de
dólares para el despilfarro puede llevar a cabo tal tarea. Washington lo
ha hecho con éxito durante varias décadas.
La consecuencia es que ha surgido un “anticastrismo” que es más un
empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por
los fondos de los contribuyentes.
Este modelo ha atravesado diversas etapas —donde el vínculo entre la
política y la economía siempre ha sido estrecho— y ha demostrado una
pujanza que ha despertado la justa envidia en más de un grupo
demográfico y nacional, tanto entre otros inmigrantes caribeños y
latinoamericanos como respecto a los cubanos que viven en la Isla.
Cuando a finales del siglo pasado la transformación de este modelo se
acercaba al punto clave, en el cual la estrechez del objetivo político
del grupo del exilio que lo sustentaba hacía dudar de sus posibilidades
futuras, la llegada al poder del republicano George W. Bush dilató su
supervivencia, al tiempo que impuso un gobierno con una carga ideológica
—afín precisamente a los principales beneficiarios del modelo
anticastrista— como no se conocía en esta nación desde varias décadas
atrás. La política de extremos pasó a ser la estrategia nacional y no
una representación de Miami.
Esa ruptura temporal —ese estancamiento momentáneo— no impidió sin
embargo que el modelo económico anticastrista continuara reduciendo su
campo de acción. El financiamiento de la ayuda a la disidencia —mal
organizada, peor concebida y de resultados cuestionables— ha sido el
canto del cisne de una industria que tiene sus días contados.
Lo anterior no constituye un alegato en contra de la ayuda a los
opositores en la Isla. Más bien es tratar de comprender que esa ayuda ha
repetido los mismos esquemas y errores que en su momento atravesó el
financiamiento a la subversión y el sabotaje.
En Miami muchos exiliados cubanos no han podido sacarse los clavos del
castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos: a
confesar la fe en la “lucha anticomunista” o arriesgarse a ser azotado
en la plaza. Inquisición radial, centuriones de esquina, cruzados de
café con leche, apóstoles de la ignorancia. Se han ido de la Isla para
continuar con una comparación inútil y absurda. Responder al mal con el
desatino y a la represión con la intransigencia. Empeñarse en lo caduco
con la excusa de lo perdido.

Una política más realista
El triunfo de Barack Obama, no solo en la nación sino en el condado de
Miami-Dade, abrió la posibilidad de un replanteamiento equilibrado y
pausado de la política hacia Cuba. Ese cambio se ha iniciado, y el reloj
de la historia y la política no tiene marcha atrás. Un triunfo electoral
republicano en las urnas podría dilatarlo, pero no eliminarlo por
completo. Promesas de campaña a un lado, es difícil imaginar una vuelta
al aislamiento de la época de George W. Bush, precisamente porque ese
reloj avanza no solo en EEUU y Miami sino también en Cuba, y cualquier
próximo presidente estadounidense se encontrará frente a una situación
nueva con la que tendrá que lidiar.
De esta manera, lo que podría considerarse como la hora del mayor
triunfo político del exilo vertical, con tres aspirantes presidenciales
propios, ha quedado opacada por la presencia de una ola anti embargo, y
favorable a un cambio de política hacia Cuba, que lo aísla más que nunca
del resto del país.
Por décadas fue un lugar común repetir que la política estadounidense
hacia Washington era simplemente rehén del exilio de Miami. Esta verdad
a medias sirvió tanto para explicar los desvaríos de una serie de
medidas erradas como de pretexto perfecto para justificar cualquier
falta de iniciativa. Ya no más. Tras ganar dos elecciones presidenciales
donde el voto del sector más recalcitrante de la comunidad exiliada
quedó rezagado, a la Casa Blanca no le quedó más remedio que asumir la
plena responsabilidad por lo que haga o deje de hacer respecto a un
mejoramiento de los vínculos con La Habana.
En Miami, donde desde hace mucho tiempo se ha intentado borrar las
barreras entre el verdadero patriotismo y el enriquecimiento, un sector
cada vez más minoritario continuará prisionero en la arcadia del pasado,
ello no impide su avance hacia la extinción.

Source: Patriotismo y conveniencia – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/patriotismo-y-conveniencia-323058

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