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El resignado narcisismo de la cubanía

El resignado narcisismo de la cubanía
ISABEL M. ESTRADA PORTALES | Washington | 15 Jun 2015 – 1:35 pm.

‘La pregunta es por qué los intelectuales que sí saben escribir, pintar,
decir, no están asumiendo el papel que históricamente les corresponde y
se aprovechan de las prebendas de un régimen cuya calaña bien conocen’

Cada día tengo menos paciencia para el chovinismo, el etnocentrismo, la
cantaleta de mis compatriotas, o, en otras palabras, el narcisismo de la
cubanía que no tiene, ni remotamente, el discreto encanto de la
burguesía buñueliana.

Debo estar envejeciendo más rápido de la cuenta.

Motivo especial de impaciencia, cuasi alergia, es la continua metatranca
de la gran escisión que sentimos los cubanos —conste, los cubanos que
tenemos la posibilidad de salir y entrar a la Isla, porque los de a pie
no se hacen esas preguntas— entre si regresar o quedarnos. Nada, la
misma que se plantean siempre los africanos a medida que se van ahogando
en el Mediterráneo, o la duda cartesiana de los migrantes eritreos: ¿se
dejan degollar por ISIS o mueren de a poco en las cárceles de Israel?

El mirarnos al ombligo parece una más de las maldiciones castristas y el
embelesar la agonía de nuestra separación familiar y nuestro exilio que
constituye la envidia de cada madre hondureña que envió a sus hijos al
norte de cualquier forma antes de que se los mataran las pandillas o del
mexicano que no tenía cómo alimentar a los suyos, cruzó la frontera y no
tiene esperanza alguna de legalizar su situación… ni de volver a verlos.

A ver, claro, a cada uno nos duele lo que nos duele, pero dejemos el
lloriqueo excesivo. Nuestra situación migratoria —o exilio, si les
place— no es nada excelsa y sí muy conveniente gracias los beneficios
exclusivos que nos confiere nuestra politiquería y la del imperio.
Dejémonos de historias, que quienes se plantean si quedarse o regresar
tienen la opción. La mayoría, no. Y, especialmente quienes se plantean
si o regresar evidentemente están haciendo una elección económica, no
política —salvo en muy contadas excepciones. No se quedan porque los
están persiguiendo ni mucho menos, sino por la misma razón por la que
viene a Estados Unidos el resto de los migrantes que carece de un
dictador justificativo —Gulag más, Remolcador 13 de marzo menos. Como
bien sabemos, a los que están persiguiendo, o no los dejan salir o no
los dejan entrar.

Y no diré nada de los intelectuales y artistas que integran las filas
del exilio rosa.

Sí, tal vez mi crítica es más descarnada de la cuenta, pero no resisto
ese tonito novelesco de referirse a la gran dicotomía, la problemática
de la separación familiar, la confusión que nos crea el movernos de un
lugar a otro, como si la causa de esto fuera un fenómeno climático o la
maldita circunstancia del agua por todas partes. No, creo que aquí
vendría al caso retomar un poquito de la enseñanza marxista sobre la
base y la superestructura —es decir, las condiciones de la Isla no las
causa nuestra disquisición existencial sino su régimen dictatorial. Y un
poquito del mandato poético de Eliseo Diego y nombrar las cosas. La
separación y las condiciones que hacen que vivamos así tienen un nombre,
o más bien, un apellido y lo tienen hace 55 años… y más pa’lante, al
parecer y con nuestra intelectual aquiescencia.

A menudo, y hago mea culpa, miramos con desprecio a la disidencia cubana
—¡cómo no nos salió una al estilo antifranquista!— por su falta de,
digamos, refinamiento intelectual. Esto lo digo avergonzada. Porque los
verdaderos disidentes son los que se han quedado allá y no escribirán
muy bien, ni podrán reeditar las sublimes páginas de El presidio
político en Cuba, pero están pagando su precio en sangre y sufren el
oprobio añadido de nuestra desidia.

Pero nos planteamos el problema al revés. La pregunta es por qué los
intelectuales que sí saben escribir, pintar, decir, no están asumiendo
el papel que históricamente les corresponde y se aprovechan de las
prebendas de un régimen cuya calaña bien conocen. Yo no soy quién para
dar discursitos, porque huí prontamente a la primera oportunidad. Pero
al menos, como no he tenido el valor de sacrificarme, tengo el pudor de
callarme ante y no denigrar a los que sí se han sacrificado.

Entiendo perfectamente la necesidad de sobrevivir y de crear. Ya lo dijo
el chileno José Joaquín Brunner, la dictadura no tiene que matarte, solo
tiene que limitar suficientemente tus oportunidades de vida para hacerte
entrar por el aro, para hacerte cómplice. Quiero creer que quienes se
esfuerzan en crear desde lo oblicuo son discípulos del gran Fray Luis de
León que tras cinco años en las mazmorras de la Inquisición, al regresar
a dictar su cátedra, consciente de que, además, no podía hablar de la
pequeña ausencia, comenzó su clase “Como decíamos ayer…” Le apuesto a
que la suma de todos los silencios gritará a quienes vivan en un tiempo
futuro la verdad acallada por la barbarie.

Lo que no entiendo es el hablar, el defender hipócritamente la
podredumbre para poder vivir de ella. O el presumir que todo es
sentimiento y distancia y confusión espiritual, como si no supiéramos
las causas. Sobre todo, lo más irritante es la comparación gratuita, las
falsas equivalencias, el no saber por qué estamos como estamos: “Los dos
lados son tan intransigentes”. Es decir, la violada y el violador deben
mantener la calma.

Creo que esa es otra de las enseñanzas marxistas que deberíamos
recordar: la neutralidad ayuda al poderoso.

Si vamos a callar, por lo menos avergoncémonos.

Al final, como siempre, como Borges: “La batalla es eterna y puede
prescindir de la pompa/ de visibles ejércitos con clarines;/ Junín son
dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano,/ o un hombre oscuro
que se muere en la cárcel.

Nota al título de este artículo: En mi barrio, el verbo resignar y sus
formas no personales, participio, infinitivo y gerundio, suelen
escribirse de otra forma… más apropiada para el tema que me ocupa.

Source: El resignado narcisismo de la cubanía | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1434371722_15159.html

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