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Contra el optimismo

Contra el optimismo
RAÚL DOPICO | Miami | 25 Jun 2015 – 8:37 am.

Los cubanos no podemos, sin cortar las mil cabezas del monstruo
castrista, unir en un todo diverso los pedazos de la nación fragmentada.

La joven República de Cuba era tan imperfecta y viciada como hermosa y
rebosante de éxito cuando el castrismo decapitó su historia, su
democracia y su capitalismo, para enterrar su futuro construyendo una
mentira sangrienta que disfrazó de utopía revolucionaria y humanismo,
con la colaboración de millones de ciudadanos que aplaudieron las
matanzas, vitorearon las censuras y reclamaron la lucha de clases con
entusiasmo arrasador.

El castrismo ha sido la exaltación de la violencia y el odio en los
altares de una ideología que, en gran parte del mundo, ocultó tras una
cortina de hierro un inmenso cementerio atiborrado de muertos. Ha
significado la destrucción de una nación por su propio pueblo. La
antropofagia vandálica como expresión metafórica de un sueño
igualitarista que lo homogenizó todo (desde el pensamiento hasta la
forma de vestir y la pasta dental), bajo la guía mágica de un encantador
de serpientes con máscara de Mesías, que muy pronto mostró su verdadero
rostro de emperador caribeño con ínfulas napoleónicas.

Sin embargo, todo el sufrimiento y el dolor acumulado pudiera sanarse,
de no ser porque a la nación cubana, fragmentada y débil, la carcome a
todos los niveles el odio ideológico inculcado por el castrismo durante
más de medio siglo, con el propósito de dividir y enfrentar
visceralmente a la familia. Un odio que tendrá que terminar en algún
momento. No habrá reconciliación si antes no extirpamos de nuestros
corazones el odio ideológico que nos enferma a todos. Lo sepamos o no.
Lo reconozcamos o no. Lo sintamos o no.

Los cubanos nos hemos convertido en “odiadores” profesionales. Lo son
incluso aquellos doctrinarios de fe que pregonan el perdón, pero
legitiman la barbarie desde la más alta jerarquía católica.

¿Podemos los cubanos hallar la forma de terminar con el odio ideológico
que nos envenena?

Me temo que eso no será posible, mientras no seamos capaces de encontrar
el camino para liquidar al castrismo. La permanencia en el poder del
generalato que gobierna el país es el principal obstáculo para lograrlo.
Los cubanos, desde cualquier lugar del espectro político, debemos llegar
al consenso de que el castrismo es el único responsable de la
institucionalización del odio ideológico en la Isla y en el exilio.

Las astucias políticas disfrazadas de reformas que abanderan la Cuba
actual, jamás podrán conducir al perdón y la tolerancia —ya no hablemos
de amor—, en un pueblo sermoneado por consignas y derrotado por el
hambre y la escasez durante tanto tiempo.

Los cubanos no podemos, sin cortar las mil cabezas del monstruo
castrista, unir en un todo diverso los pedazos de una nación
fragmentada. No es pesimismo. Es puro realismo. Cuba hace mucho que dejó
de ser una nación con una identidad sociocultural, política y económica
legítimamente establecida y reconocida por todos los cubanos, más allá
de los coros propagandísticos (Señores imperialistas no les tenemos
absolutamente ningún miedo), las inducciones sociológicas (Somos lo que
hay, lo que se vende como pan caliente) y los mitos (educación y
cuidados de la salud subvencionados por el estado), para convertirse en
una nación fallida afectada por una endémica y trágica perturbación
psíquica y espiritual, en la que la degradación ética y moral es
sistémica. Cuba es una nación desesperada y cercenada. Sus pedazos,
repartidos por el mundo, dan tumbos a ciegas. Pretender unirlos, desde
la falsa reconciliación que vende el castrismo, es construir un
peligroso Frankenstein político.

Por otra parte, no podrá acabarse con el castrismo, mientras no
decapitemos a su mejor aliado: el optimismo político, económico y
evolucionista que exhibe una legión de peligrosos imbéciles, que creen
que se puede llegar a construir una Cuba democrática desde las
escaramuzas diseñadas por el raulismo,para crear la ilusión exportable
al mundo de que el país está inmerso en un novedoso proceso de reformas.

Los optimistas políticos son los que creen con vehemencia que Cuba
cambia en asuntos medulares y que la vocación represiva del régimen es
un factor secundario dentro de la realidad de la Isla. Son tan
imbéciles, que le dan categoría de trascendental al hecho de que una
encuesta diga que el 80% de los cubanos tiene buena opinión de Obama y
más del 90% quiere que se levante el embargo, sin tomar en cuenta que
estos resultados sólo son un reflejo del contexto en el que viven los
encuestados. Convierten la esperanza de los cubanos, sitiados por una
controladora y represiva dictadura, en una justificación para tolerar la
intolerancia castrista, al mismo tiempo que acusan al exilio, que no
acepta la sobrevivencia del régimen como condición para normalizar
relaciones, de no ser representativo de nada, debido a su postura de
conspirador e intransigente pesimista.

Los optimistas políticos son expertos propagadores del odio ideológico.
Voceros de las estrategias del castrismo (ocultos tras el presupuesto de
que defienden el bienestar del pueblo cubano, pero sin ninguna evidencia
histórica que lo demuestre), amplifican el odio del régimen hacia el
exilio. El exilio, que, en su odio al régimen (visible tras el
presupuesto de la confrontación abierta en todos los frentes), amplifica
su anclaje en una postura ideológica justificada por los hechos históricos.

Los optimistas políticos no son otra cosa que oportunistas carroñeros.
En ese bando abundan periodistas, abogados cubanoamericanos criados en
Argentina, alguna filóloga que cree que la Federación de Mujeres Cubanas
es representativa de la sociedad civil, empresarios, salseros,
reguetoneros con tatuajes de Castro I, escritores premiados, escritores
asesores, economistas, cardenales, y muchos disidentes. A ellos se
enfrentan los pesimistas políticos: mujeres golpeadas cada domingo,
opositores duros, escritores encarcelados por falsos delitos comunes,
expresos políticos, infoactivistas, algún grafitero con censurable
pasión por cerdos con nombres propios, presos políticos desconocidos por
el Arzobispo Ortega, y el 90% de los jóvenes que quieren escapar de la
isla, sabiendo que la esperanza que vende el régimen está en otra parte;
en cualquier parte que los mantenga lejos de la turba amorfa y caníbal
que pretende, como desde hace más de medio siglo, devorar toda expresión
de desencanto, para imponer el anatema como instrumento de terrorífico
optimismo.

La mayoría de los jóvenes no están muy interesados en lo que tienen que
decir los optimistas políticos, y son escépticos con los optimistas
económicos, que se empeñan en asegurarles que se beneficiarán de la
recuperación económica que llegará a Cuba con el restablecimiento de las
relaciones con Estados Unidos. Los jóvenes no quieren envejecer como sus
padres y abuelos a la espera de que ese crecimiento llegue a sus
bolsillos. Los jóvenes, como pesimistas empedernidos, son los que han
provocado el aumento de cubanos llegando por la frontera mexicana y a
través de precarias embarcaciones por el estrecho de la Florida.

Los optimistas económicos son cínicos furibundos capaces de proponer que
no se indemnice a las víctimas de las expropiaciones castristas, para no
entorpecer el crecimiento económico de Cuba con litigios en los
tribunales. Aceptan, como mal necesario, que el castrismo siga
reprimiendo y enriqueciéndose, con el argumento de que después de todo
ya no pueden reprimir más de lo que lo hacen, desconociendo que los
regímenes totalitarios siempre pueden reprimir con más dureza. De hecho,
las Damas de Blanco nunca han sido más golpeadas que después del 17 de
diciembre de 2014.

Los optimistas económicos son fervientes defensores de la idea de que
las libertades económicas posibilitan libertades políticas. No se rinden
ante la evidencia de China, Vietnam, Rusia o la Alemania nazi, por solo
poner algunos ejemplos. Nadie sabe con certeza de que Think Tank del
partido demócrata surgió esta aseveración.

Un optimista económico como el profesor e investigador de Economics On
the Move, Humberto Caspa, va más allá, y se atreve a decir que “Cuba se
transformará de adentro hacia afuera y no al revés”. Algo inconcebible,
si tomamos en cuenta que todas y cada una de las escaramuzas del
raulismo, desde la eliminación de la carta blanca para viajar, hasta el
restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, pasando por la
fallida reforma agraria, han sido forzadas por razones externas. Incluso
la crisis socioeconómica cubana provocada por la inoperancia del
sistema, se convirtió en insalvable por la imposibilidad de acceder a
los créditos financieros. De ahí la batalla porque levanten el embargo.
Los totalitarismos no se reforman de adentro hacia afuera. Se maquillan.

El cambio en Cuba solo podía venir desde afuera. Ahora será mucho más
difícil de lograr, porque, contrario a lo que creen todos los
optimistas, no se fortalecerá la sociedad civil cubana, sino el poder.
En un régimen autocrático como el cubano, la economía no crea conciencia
política democrática, crea complicidades con los políticos y
corruptelas, hasta donde esos políticos las permitan en su propio
beneficio. Insistir en lo contrario es ignorancia o mala fe.

El castrismo mantendrá a Cuba fuera del siglo XXI por un buen tiempo,
porque a pesar de ser un activo que a la larga se depreciará, busca
perpetuarse y enriquecerse mediante la construcción de un fascismo
caribeño al estilo chino.

Otro grupo en la fauna de los optimistas, es el de los evolucionistas.
Estos defienden la tesis de que el castrismo no debe cambiar, sino
evolucionar. Están convencidos de que el derrumbe del régimen no es ni
idóneo ni posible. Los evolucionistas creen que el bienestar de Cuba
pasa por reconocer a Raúl Castro como un hombre interesado en resolver
los problemas del país, a pesar de reconocer su falta de voluntad
política para hacer verdaderas reformas.

Todos los optimistas parecen unidos por el mismo precepto: el régimen es
tan extremista como sus críticos internos y externos. Una mentira de
catastróficas presunciones, porque pone en el mismo plano a la víctima y
al victimario. A la víctima se le puede pedir que acepte en silencio
haber sido maniatada y violada, pero no se le puede reprochar el hecho
de que no sintiera excitación y placer.

Yo, “odiador” profesional, odio a los optimistas, porque son lo más
cercano que conozco a un castrista. Pero sé que en algún momento el odio
tiene que terminar, sólo que aún nadie vislumbra cómo y cuándo sucederá.
Lo único que sabemos es que tras el fin del castrismo tendrá que venir
la justicia. El borrón y cuenta nueva pretendido por los optimistas no
acabará con el odio ideológico que nos consume.

Si no se sanan las heridas del pasado, los cubanos no podremos
instalarnos definitivamente en el mundo libre. Por ahora, nos domina un
presente que parece eterno, en el que el emperador Castro II no quiere
abdicar (a pesar de que ha dicho que lo hará). Teme que desentierren el
futuro y se trague de un bocado a toda su progenie.

Source: Contra el optimismo | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/derechos-humanos/1435217825_15335.html

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