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Castro y el Papa – ¿una verdadera conversión?

Castro y el Papa: ¿una verdadera conversión?
GEORGE WEIGEL | Washington | 23 Jun 2015 – 8:35 am.

¿Qué evidencias demostrarían un cambio legítimo por parte del régimen
cubano?

“… solo oían decir: El que en otro tiempo nos perseguía,

ahora predica la fe que quería destruir.”

Gálatas 1:23

¿Ha tenido el presidente cubano Raúl Castro —descrito cierta vez por un
alto funcionario del Vaticano como un hombre “con alma de piedra”— una
experiencia similar a la de San Pablo en el camino de Damasco, algo que
lo ha llevado a predicar el tipo de política que siempre trató de
destruir? Así lo habría sugerido el hermano menor y heredero político de
Fidel Castro, según sus declaraciones a la prensa tras la visita al Papa
Francisco en el Vaticano, el pasado 10 de mayo.

El Papa “es un jesuita, y yo, de alguna manera, también lo soy”, dijo
Raúl. “Siempre estuve en escuelas de jesuitas”. Sobre la próxima visita
papal a Cuba, en septiembre, justo antes de que el pontífice viaje a
Washington, Nueva York y Filadelfia, Castro comentó: “prometo que iré a
todas sus misas y con satisfacción”. Finalmente, pronunció la frase
clave: “leo todos los discursos del Papa, sus comentarios, y si el Papa
sigue así, yo volveré a rezar y volveré a la Iglesia, y no lo digo en
broma”.

Bueno, quizás no. A fin de cuentas, la esperanza es lo último que se
pierde. Pero Raúl Castro, que no es tonto, trata de hilar fino. Solo que
para ser tomado en serio, se le exigirá algo más que el argumento de
haber dado un “paso importante” al permitir que los creyentes jueguen un
rol en el Partido Comunista de Cuba —algo que a él le gustaría que tanto
la Iglesia como el resto del mundo creyeran que es un primer avance en
la ruptura con el totalitarismo.

¿Qué, en cambio, podría ser una evidencia de una verdadera “conversión”
de parte de Raúl Castro y su régimen totalitario?

• El Gobierno cubano libera inmediatamente a todos los presos políticos,
incluidos los centenares de detenidos en los meses posteriores al
acercamiento del régimen a la administración de Obama.

• El Gobierno cubano disuelve los Comités de Defensa de la Revolución,
tentáculos de esa red nacional de vigilancia, traición y represión que
recuerda la vida bajo Hitler o Stalin.

• Raúl Castro se disculpa públicamente con las Damas de Blanco —esas
valientes mujeres que protestan cada domingo contra el encarcelamiento
de sus familiares y que regularmente resultan golpeadas por matones
castristas— e invita a Berta Soler, líder de las Damas, a sentarse en un
sitio de honor en la misa del Papa en La Habana.

• El régimen cierra el Museo de la Revolución en La Habana y desecha la
bolsa de arpillera en que una vez fue llevado el cadáver del Che Guevara
(el museo muestra la bolsa ensangrentada en una vitrina, cual obscena y
sacrílega imitación de la Sábana Santa de Turín).

• El Gobierno cubano retira a los “consultores” en seguridad interna que
ha sembrado en toda América , en apoyo a regímenes represivos como los
de Venezuela y Ecuador.

• El Gobierno cubano ratifica el Pacto Internacional de Derechos Civiles
y Políticos y modifica la Constitución de forma que no subordine los
derechos civiles básicos al papel dirigente del Partido Comunista.

• El régimen abre el acceso a Internet para todos.

• La prensa cubana, impresa y online, es liberada; periodistas y
editores ya no son hostigados y encarcelados por criticar al Gobierno.

• El Gobierno permite que periódicos y revistas de todo el mundo puedan
ser distribuidos abiertamente en toda Cuba.

• Los trabajadores de las empresas extranjeras reciben sus salarios
directamente de sus empleadores, en lugar de a través del Gobierno,
eliminando así el (sustancial) porciento del que se apropia este último.

• Empresarios de pequeños negocios como restaurantes, taxis y otros
servicios turísticos no están obligados a pagar regularmente grandes
sumas de dinero al Gobierno.

• A instituciones y comunidades religiosas se les permite operar según
sus propias normas, proponer abiertamente las verdades que profesan,
construir nuevas instalaciones y trabajar sin problemas con sus
correligionarios en el exterior.

• Los cubanos pueden viajar libremente dentro y fuera de su país.

• Organizaciones no Gubernamentales de todo el mundo que apoyen la
democracia son invitadas a trabajar en Cuba.

• El Gobierno anuncia una mesa nacional en el que todas las partes
interesadas puedan discutir durante meses el futuro político y económico
de Cuba; se garantiza la seguridad de los participantes, y extranjeros
de países democráticos de larga data son invitados a observar y hasta a
ofrecer consejos.

La lista podría seguir y seguir, pero tal vez estos puntos de referencia
de una verdadera “conversión” ilustran lo esencial: tomará mucho más que
un par de menciones al Club de los Viejos Muchachos Jesuitas para
persuadir a cualquier observador razonable de que, gracias al Papa
Francisco, Raúl Castro es hoy un hombre transformado que quiere pasar su
últimos días reparando el colosal daño que él, su hermano y sus
cómplices han causado a la estructura física, social y moral de Cuba.

Hasta que esas medidas no sean tomadas, sería prudente para todos los
interesados trabajar a partir del supuesto de que los Castros y sus
aliados no han cambiado en nada fundamental, excepto en volverse un poco
más inteligentes. La transición que ahora parecen imaginar contiene
elementos de la Rusia poscomunista y de la China post-Mao: el ángulo
ruso consiste en la prolongación del rol de los servicios de seguridad
interna para mantener al régimen durante un período de liberalización
económica; el lado chino implica la fiesta y los militares como
principales agentes económicos, garantizando así que los frutos de
cualquier liberalización económica redundan en beneficio de aquellos
actualmente en el poder. Nada de esto tiene que ver con la sociedad
libre y justa prevista por la doctrina social católica, o por el Papa
Francisco.

La promesa de Raúl Castro de asistir a las misas de Francisco en Cuba el
próximo septiembre trae a la mente el mes de enero de 1998, cuando Juan
Pablo II visitó la Isla y celebró una de sus misas en Santiago de Cuba,
hogar de Fidel y Raúl Castro y corazón romántico de la revolución. Fue
un día de calor abrasador, pero una gran muchedumbre se reunió para
presenciar la misa al aire libre, orar con Juan Pablo y venerar el ícono
nacional de Cuba, nuestra Señora de la Caridad de El Cobre, cuya estatua
iba a ser mostrada públicamente por primera vez en décadas. Raúl Castro,
evidentemente preocupado por la efusión de cariño que el Papa había
recibido en La Habana, Santa Clara y Camagüey, se presentó allí
inesperadamente y se sentó en primera fila, cruzado de brazos y con la
cara ceñuda.

Al comienzo de la misa, el arzobispo Pedro Meurice Estiú dio la
bienvenida al Papa en nombre de su pueblo y criticó duramente el “falso
mesianismo” de aquellos que habían “confundido la patria con un partido
único, la nación con el proceso histórico que hemos vivido durante las
últimas décadas y la cultura con una ideología”. La homilía de Juan
Pablo realzó a los héroes culturales y políticos cubanos que habían
elegido “el camino de la libertad y la justicia como fundamento de la
dignidad de la persona” y realizó una fuerte súplica por una Iglesia
que, en defensa de la libertad religiosa, “defienda la libertad de cada
individuo, de las familias, de diferentes unidades sociales, que viven
realidades con derecho a su propia esfera de autonomía y soberanía”. La
muchedumbre respondió con gritos de “¡Libertad! Libertad!”, mientras
Raúl, decididamente infeliz, regresó a La Habana, como lo hizo Juan
Pablo tras pasar la noche en un servicio de oración en un leprosorio. En
cuanto al arzobispo Meurice, la electricidad desapareció misteriosamente
en su residencia durante algunos días tras la visita del Papa a su diócesis.

¿Traerá el papa Francisco un mensaje similar a Cuba en septiembre: un
llamado a la renovación nacional a través de la recuperación de la
auténtica historia y la cultura cubanas, traducidas durante medio siglo
por el comunismo? Como Juan Pablo, Francisco seguramente pedirá a Cuba
abrirse al mundo y al mundo abrirse a Cuba. Sería un magnífico gesto de
solidaridad que el Santo Padre se reuniera con las Damas de Blanco. Y en
la discusión con los obispos cubanos —quienes son a menudo considerados
como análogos a los obispos polacos bajo el comunismo, pero que de hecho
se hallan en una situación mucho más difícil, dada la debilidad del
catolicismo cubano— esperaría que Francisco desafiara a la Iglesia tanto
a construir como a resistir: a reconstruir su fortaleza institucional
mientras presiona al régimen para que respete genuinamente las
libertades civiles, políticas y económicas. Tal estrategia sería una
prueba firme y constante del grado de “conversión” de Raúl Castro, y se
llevaría a cabo bajo el patrocinio y la protección de un Papa que Raúl
quiere claramente en su esquina, por las razones que sean.

George Weigel es miembro distinguido del Washington’s Ethics and Public
Policy Center (Centro para la Ética y la Política de Washington).
Analista especializado en el Vaticano, es autor de quince libros, entre
los que destacan Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, y
Juan Pablo II. El final y el principio.

El artículo ‘Castro and the Pope: A Real Conversion?’, apareció en
inglés en la National Review. Se reproduce en español, en DIARIO DE
CUBA, con el permiso del autor.

Source: Castro y el Papa: ¿una verdadera conversión? | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/derechos-humanos/1435044925_15297.html

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