Cuba Derechos Humanos

Rusos y cubanas

Rusos y cubanas
Friday, August 12, 2011 | Por Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba, agosto (www.cubanet.org) – En los años sesenta del
siglo pasado el pueblo cubano aceptó la presencia masiva de los rusos,
porque no le quedó otro remedio. En el corazón de cada uno de nosotros
se albergaba el deseo de que desaparecieran algún día.

Ese día llegó. Desaparecieron incluso las matrioskas, aquellas muñecas
multicolores, de madera, creadas en 1890, huecas por dentro, que
permitían meter dentro de la más grande, otra más pequeña, y así
sucesivamente. También desaparecieron los filmes panfletarios y las
latas de carne.

Casi todos los nacidos en la Unión Soviética se fueron con su rancio
olor a sudor viejo y ajo; las mujeres con sus piernas peludas y aquella
costumbre que tenían los hombres de besarse en la boca como saludo
fraternal.

El primer ruso que visitó la isla, a finales del siglo XVIII, fue el
médico y aventurero Fiódor Karzhavin que, según el periodista Ciro
Bianchi Ross en su trabajo publicado en el periódico Juventud Rebelde,
Tres mambises rusos: "Permaneció entre 1782 y 1784, y además de ejercer
la Medicina se dedicó en La Habana a la enseñanza de idiomas". Sobre los
mambises rusos señala Ross: "Piotr Streltsov, Nicolai Melentiev y
Evstafi Konstantinovich entraron en contacto con la junta revolucionaria
cubana de Nueva York, que terminó aceptándolos como soldados, y
embarcaron para Cuba a bordo del vapor Three Friends".

Fue quizás Magdalena Rovenskaya la más célebre rusa que estuvo en la
isla. Dueña de un hotel en Baracoa, extremo oriental de Cuba, en ella se
inspiró Alejo Carpentier para construir el personaje de su novela La
consagración de la primavera.

Pese a la escasez de hombres jóvenes que padecimos las mujeres por
aquellos años en que proliferaban los soviéticos en Cuba -ya fuera
porque los cubanos se ausentaban en prolongadas movilizaciones
militares, emigraban o caían muertos en guerras extranjeras-, a la
mayoría de nosotras no nos gustaban los rusos. Una anécdota personal que
me cuenta Terina, lo reafirma.

Terina esperaba un taxi en una calle habanera cuando un oficial
soviético, al timón de un Lada, la invitó a subir. Ella dijo a donde iba
y el militar, se ofreció a llevarla. Poco antes de llegar a su destino,
el ruso parqueó el auto, puso una de sus gruesas manos sobre un muslo de
Terina y, sonriendo maliciosamente, la invitó a comer caviar en su casa.

El oficial vivía en una lujosa residencia de Miramar. La esposa estaba
en Moscú. Cuando terminaron de comer, la historia terminó mal para
ambos. La agresividad y el apuro del mastodonte, como ella los calificó,
no tenían límites. Lo recuerda como un volcán en erupción o un loco de
atar. Como el ruso no tenía nada de romántico, ni siquiera hubo una
declaración de amor.

Cuando Terina presintió que esa noche le harían el amor a culatazo
limpio, tomó su bolso y, rápidamente, sin que el ruso pudiera impedirlo,
abrió la puerta y salió a la calle. Ya en la acera opuesta, vio al
camarada en medio del jardín, en paños menores, vociferando cualquier
barbaridad en su idioma.

Terina sintió pánico y corrió hasta llegar a la avenida. Dice que en su
desesperación, y a medida que se alejaba, seguía escuchando un
indescifrable rugido humano.

http://www.cubanet.org/articulos/rusos-y-cubanas/

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Calendario
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for new servers. Thank you.
Buscar en sitios: