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Eliseo Alberto: “Principios y finales de una revolución anciana”

Eliseo Alberto: "Principios y finales de una revolución anciana"
Última actualización Monday, 1 August 2011

Además de sus virtudes como poeta, narrador y guionista cinematográfico,
Eliseo Alberto poseía un excepcional talento periodístico. Ejerció la
profesión desde muy joven y conocía los secretos del reporterismo tanto
como las habilidades para construir en pocos minutos una columna de opinión.

Los comandantes históricos Guillermo García y Ramiro Valdés, en primera
fila, durante el lanzamiento del libro La contraofensiva estratégica, de
Fidel Castro, en septiembre del 2010.

Durante los 21 años de exilio en México, sus artículos sobre la realidad
cubana aparecieron con regularidad en diarios como La Crónica de Hoy y
Milenio. Agudo y sensible, poniendo la honestidad por encima de toda
circunstancia política o intención ideológica, Lichi nos dejó una
interesante obra periodística que testimonia sus porfías y frustraciones
con el régimen implantado en la isla por más de cinco décadas.

A modo de homenaje póstumo, CaféFuerte reproduce este artículo suyo,
publicado por Milenio el pasado abril, en ocasión del VI Congreso del
Partido Comunista de Cuba. Entre la angustia y el desencanto, Lichi
expone aquí sus irreconciliables diferencias con una revolución anciana,
gobernada por bisabuelos autoritarios que se resisten al descanso y al
futuro. (Wilfredo Cancio Isla)

Principios y finales

ELISEO ALBERTO

¿Usted conoce algún gabinete de gobierno que tenga entre sus funciones
la administración de una heladería? ¿Ha oído hablar de un solo
secretario de Estado que deba ocuparse de los hoteles-garajes (posadas
de paso) o de la programación de un cine de barrio o de la renovación
tecnológica de una fábrica de escobas? La verdad es que hoy escribo
desde el desencanto, un sentimiento poco propicio para exponer ideas con
cierta precisión. Al eternizarse en el poder sin renovar su dirigencia
ni perfeccionar sus estructuras de mando, sin desarrollar la economía o
modificarla de capricho en capricho, sin permitir libertades
individuales, sin reconocer la obligatoriedad de la Declaración de los
Derechos Humanos, sin permitir la más leve oposición, sin asumir
realmente sus errores, sin interés alguno en dialogar con "la Casa
Blanca" para solucionar un conflicto que sólo ahoga a los de abajo, sin
oír consejos, sin moneda convertible, sin créditos bancarios, sin
ofrecer disculpas… los problemas de una revolución anciana ya dejan de
ser de principios: sencillamente son de finales.

Luego de 14 años de obligada hibernación, el sexto Congreso del Partido
Comunista de Cuba sesionó durante tres largos días. Todo inició con un
desfile militar y "popular" donde por primera vez marchó, revoloteó,
mariposeó, un batallón de travestis y travestidos, a las órdenes de
Mariela Castro, hija de Raúl Castro, y vino a terminar con la
fantasmagórica aparición en el plenario de un Fidel que apenas se
sostenía en brazos de sus guardaespaldas. Ni siquiera pudo decir "Patria
o Muerte, Venceremos" cuando el millar de delegados le regaló una
ovación que no parecía de bienvenida, sino más bien de despedida. Hizo
muecas y muecas. Si de veras lo aprecian, no debieron mostrarlo en
público en tan lamentables condiciones.

Y sí, lo estaban licenciando del último cargo que aún ejercía, al menos
nominalmente, después de haber estado 52 años con las riendas en la
mano, más cinco al frente del movimiento insurreccional, a lo largo de
los cuales se interesó más por la incidencia de la revolución cubana en
el ámbito internacional (guerrillas de América Latina, guerras en
África) que por cuestiones domésticas, aunque no por ello dejara de
ordenar la administración de las heladerías, la revisión ideológica de
las películas de estreno y la confección de escobas.

Los octogenarios que el pasado martes aceptaron seguir conduciendo el
carruaje obsoleto del partido eran unos jóvenes iluminados por la
alegría cuando, el 1ro. de enero de 1959, el presidente Fulgencio
Batista decidió rendir Palacio e huir antes de prolongar una contienda
civil que iba a costarles demasiado a vencedores, indiferentes y
vencidos. Algunos de esos veteranos son tan astutos que podrían
atravesar un aguacero sin que los mojara una gota, filtrándose entre los
hilos de agua. Pongo un ejemplo.

Para asombro de unos y desconcierto de otros, ha vuelto al Comité
Central el general Antonio Enrique Lussón, 81 años, brazo derecho de
Raúl Castro durante los días de la Sierra Maestra, el peor ministro de
transporte que se recuerde. Llevaba casi tres décadas en el clóset de
los dirigentes desde que lo "tronaran" por ser, se dijo entonces, un
funcionario "corrupto". Su mala fama era inocultable. En aquellos años
de dolce vita, la leyenda urbana contaba como verídicas muchas anécdotas
del pintoresco funcionario.

No voy a hacer leña del árbol caído, pero la resurrección política del
utilitario general, en mi opinión, puede leerse como un claro signo de
que el nuevo presidente de Cuba carece de camaradas jóvenes en quienes
confiar y, por tanto, no le queda más remedio que apelar a su reserva de
tradicionales subordinados, sin importarle que hoy sean unos bisabuelos
que bien merecen un descanso, al término de tantas tropelías.

Una joya del refranero político nos enseña que el socialismo era el
camino más largo para llegar del capitalismo al capitalismo. La inmensa
mayoría de los compatriotas que vivimos en el exilio dudábamos de que el
sexto Congreso marcaría un auténtico cambio de rumbo hacia un futuro
democrático, por ser el último al que podrán asistir los dirigentes
históricos, según confesión del nuevo Primer Secretario. El perro de las
transformaciones "desde la Revolución" nos ha mordido muchas veces. Un
enérgico Raúl lo reconoció cuando dijo, en la inauguración del cónclave:
Lo que aprobemos en este Congreso no puede sufrir la misma suerte que
los acuerdos de los anteriores, casi todos olvidados sin haberse
cumplido. Se me cae la cara de vergüenza de tener que confesarlo
públicamente. También pienso en la desilusión no sólo de los críticos,
contestatarios y disidentes que sobreviven en la isla, sino de los
auténticos revolucionarios que aún creen en ese proyecto social. Y no
son pocos. ¿Diez años más, si ellos tenían veinte cuando soñaron con un
mundo mejor y habrán cumplido ochenta cuando despierten, en la cama de
siempre? No digan que no lo dije: hoy escribo desde el desencanto.

Milenio, 21 de abril de 2011

http://cafefuerte.com/2011/08/01/eliseo-alberto-principios-y-finales-de-una-revolucion-anciana/

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