Cuba Derechos Humanos

Doble heroísmo: vencer la homofobia y a los Castro

Doble heroísmo: vencer la homofobia y a los Castro
Yoani Sánchez
Miércoles, 17 de agosto de 2011

Wendy nació en el cuerpo equivocado. Ignacio cayó en prisión muy joven
por repartir proclamas con la declaración de los derechos humanos. Su
adolescencia transcurrió en un país donde el discurso oficial tenía
demasiados pelos en el pecho y un exceso de testosterona en las consignas

Boda gay relatada por su madrina y colaboradora de este diario

Le decían Cusio y era el hazmerreír de todos los varones de la escuela,
pero a las niñas nos entretenían sus historias, nos encantaban su buen
gusto por la ropa y su carácter servicial. Había nacido en un barrio
donde los hombres alardeaban de machistas, prestos a desenfundar la
navaja si alguien ponía en duda su virilidad. Creció también en aquellos
años 80, en los que la Policía hacía redadas y se llevaba en un carro
jaula a los homosexuales que transitaban por la vía pública. Su
adolescencia transcurrió en un país donde el discurso oficial tenía
demasiados pelos en el pecho y un exceso de testosterona en las
consignas. Así que sufrió lo indecible en su condición de gay, pero
nunca quiso irse de su país, quizás a la espera de tiempos mejores. Le
perdí la pista hace ya casi una década; no obstante, le debo mi
predisposición a percibir como algo muy normal que dos hombres decidan
amarse o que dos mujeres unan sus vidas como pareja.

Desde hace casi un mes el recuerdo de Cusio ha retornado con fuerza. Lo
veo en todas partes con sus ademanes llamativos y sus pantalones
ceñidos, con su sonrisa perenne que le hacía superar cualquier ultraje.
Comencé a evocarlo con mucha intensidad cuando acepté la propuesta
inusual, irreverente y sorpresiva de ser la madrina de la primera boda
entre un transexual y un gay en Cuba. Mi abuela se pondría las manos en
la cabeza si estuviera viva y me viera enrolada, como diría ella, en tal
«desvergüenza». Los colegas de mi escuela primaria me tacharían de floja
y confundida, mientras que aquellos pendencieros que conocí en mi
barriada de Cayo Hueso afilarían los cuchillos. Sin embargo, las
reacciones de molestia no están sólo en esos rostros que emergen del
pasado. Varios de mis libérrimos amigos de hoy me han dejado de hablar
como protesta ante tal insolencia. Pero es que en Wendy e Ignacio, los
novios que tengo el placer de amadrinar, se refleja mucho del
sufrimiento que conocí en Cusio, parte del tormento que él debió llevar.
Ser testigo de la unión entre la muchacha que una vez tuvo nombre de
varón y el joven seropositivo triturado tanto por la homofobia como por
la intolerancia política constituye mi personal forma de homenajear a
aquel niño que me enseñó a respetar la diferencia.

Atracción

Wendy nació en el cuerpo equivocado. Ignacio cayó en prisión muy joven
por repartir proclamas con la declaración de los derechos humanos. Se
conocieron en febrero pasado, cuando ella ya había logrado hacerse una
cirugía de adecuación genital y él llevaba años lidiando con el VIH. Se
miraron y un segundo después ya ambos sabían que estaban
irremediablemente atraídos por el agujero negro del amor. Ella trabajaba
en el Centro de Estudios de la Sexualidad (Cenesex) que dirige Mariela
Castro y él publicaba sus crónicas en uno de esos sitios digitales que
el Gobierno tacha como «enemigos de la revolución». Los obstáculos en el
camino de su relación no terminaban ahí, apenas si comenzaban.

Cuando la hija de Raúl Castro supo que su protegida se encontraba con un
gay disidente, la empujó a decidir entre seguir laborando en aquella
institución oficial o continuar la relación con Ignacio. Una mañana la
Seguridad del Estado se llevó la computadora que Wendy tenía en su
oficina para buscar cualquier información «clasificada» que le hubiera
enviado a su amante. Le dijeron que ya no era una persona confiable y
sólo podrían ofrecerle una plaza para limpiar el piso. Se fue dando un
portazo, con su melena lacia brillando bajo el apabullante sol del
desempleo. Él la recibió con un beso y fijaron la fecha de la boda.

Antes de salir del Cenesex, Wendy Iriepa había logrado aquella cirugía
que sintonizaba su mente con su cuerpo. También alcanzó el sueño dorado
de muchos transexuales cubanos, la posibilidad de tener un documento de
identidad con nombre femenino. Para cuando fueron juntos al notario,
éste les emitió una cita matrimonial sin percatarse que en la
inscripción de nacimiento de ella decía «sexo: masculino». Dieron la
primera firma el 28 de julio y ayer sábado rubricaron la segunda. Se
colaron por un intersticio que había dejado la legalidad en un país
donde aún no está permitido el matrimonio gay. Pero impedirles validar
ante la ley su relación hubiera significado desmentir a la mismísima
Mariela Castro que mandó a emitir aquel carnet de mujer para Wendy.

Aunque la Asamblea Nacional aún no ha aprobado -y ni siquiera discutido-
la legalización de las uniones entre personas de un mismo género,
Ignacio y Wendy lograron írsele por delante a la burocracia.

Sacrificio

A mí sólo me correspondió acompañarlos en su decisión, verlos crecer
ante cada nuevo obstáculo, ser testigo de cómo se sonreían felices de
saberse ya un matrimonio. Pero el principal sacrificio lo han puesto
ellos, que han superado la burla de muchos, la presión de la policía
política, que sintió la boda como una provocación; la molestia de
Mariela Castro, quien no asistió al Palacio de Matrimonios mostrando con
su ausencia que desaprobaba la unión. Pudimos festejar gracias también a
la fuerza del afecto, que los llevó a desoír los chistes contra
homosexuales, las ofensas, el testosterónico discurso oficial y las
agresivas alusiones de esos camorristas que tiene todo barrio.

En medio de la ceremonia me pareció ver un rostro conocido. Salí a la
amplia escalera del Palacio, pero no pude encontrarlo. No sé, quizá fue
sólo la combinación del calor, de la emoción y de un breve trago de ron
que me tomé antes de comenzar todo. Pero habría jurado que era Cusio.
Sonriente y gesticulando, con sus pantalones de siempre… ajustados
hasta el escándalo.

http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/4230163.asp

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