Cuba Derechos Humanos

QUO VADIS, RAÚL

QUO VADIS, RAÚL
Carlos Alberto Montaner
Conferencia de las Américas
Hotel Biltmore, Coral Gables, FL
15 de septiembre de 2010

El gobierno cubano acaba de anunciar el despido de 500.000 trabajadores
estatales. Nada menos que al 10% de la fuerza laboral. El proyecto es
dejar sin puestos de trabajo a 1.300.000 personas en el periodo tres
años. Según ellos, sobran y lastran los resultados de las empresas y los
organismos públicos.
La medida, un drástico ajuste que en otro país sería calificado como una
crueldad neoliberal recomendada por el Fondo Monetario Internacional o
el Banco Mundial, aunque esperada, ha sacudido a la sociedad cubana. Los
comunistas ortodoxos, que son pocos, creen que han sido traicionados y
deslizan sus comentarios en algunas redes de Internet (Kaos en la red,
por ejemplo). Para ellos, que tienen una visión ideológica, es una
vergüenza que un gobierno marxista-leninista no sólo abandone a la clase
obrera, sino que, además, inste a sus miembros a formar parte de la
clase explotadora. Por otra parte, los trabajadores, que no tienen un
sindicato que los ampare, porque la CTC cubana forma parte de la
patronal estatal, se sienten indefensos y con un alto nivel de
incertidumbre: ¿qué sucederá con ellos y con sus familias si no
encuentran un puesto laboral? Ellos saben que el mundillo construido por
los comunistas era miserable y sin esperanzas, pero era conocido y
seguro. Ahora sienten que les han abierto la jaula, pero para lanzarlos
a una selva desconocida e insegura. Eso les crea, inevitablemente, un
alto nivel de ansiedad.
No ha sido, sin embargo, una emboscada sorpresiva. Antes de dar este
paso trascendental, desde hace más de dos años, Raúl Castro, Ramiro
Valdés y otros funcionarios importantes del régimen, habían venido
denunciando el paternalismo del estado cubano y la actitud pasiva de
unos ciudadanos que esperaban del gobierno la solución de todos sus
problemas. Durante medio siglo la sociedad había vivido del estado
comunista. Ahora Raúl sueña con que el estado comunista viva de la sociedad.
La paradoja es que esta situación fue creada por la revolución al
estatizar todo el aparato productivo en los años 60 del siglo XX. El
gobierno, irresponsable y frenéticamente entregado al estatismo y al
colectivismo, empeñado en convertir a los cubanos en los solidarios y
angelicales "hombres nuevos" del marxismo-leninismo, destruyó el
espíritu emprendedor de miles de personas que eran reprimidas, a veces
encarceladas, y con frecuencia calificadas como "merolicos", "macetas" y
otros epítetos parecidos con los que denostaban o ridiculizaban a todo
aquel que mostraba signos de creatividad, individualismo y deseos de
labrarse un mejor futuro para sí y para su familia. Lo patriótico era
trabajar febrilmente para la colectividad y ni siquiera esperar
estímulos materiales, como predicaba el evangelio guevarista. Lo
contrarrevolucionario y abominable era tratar de labrarse un futuro
mejor individualmente.
Un país en quiebra
En el verano del 2006, súbitamente, Raúl Castro tuvo que asumir el
gobierno ante una gravísima enfermedad que casi liquidó a Fidel Castro.
Dos años más tarde, en el otoño del 2008, esa presidencia interina se
convirtió en permanente y Fidel Castro que, contra todo pronóstico, fue
recuperándose lentamente, abandonó la gerencia del gobierno, aunque ante
de eso fue asomándose a la vida pública mediante unos textos medio
delirantes a los que llamaba "reflexiones", con los que pretendía
iluminar a la humanidad con su peculiar y sesgada visión de los
problemas internacionales.
Al asumir el control del gobierno, ordenar varios millares de auditorías
a otras tantas empresas, y pasar balance de la situación económica y
social de Cuba, Raúl Castro llegó a la razonable conclusión de que el
país estaba irremediablemente quebrado. Apenas había reservas, el
gobierno no tenía liquidez ni créditos internacionales sustanciales, la
deuda per cápita era una de las más altas del mundo, la moneda carecía
de valor real, lo que se hacía cruelmente evidente en la diferencia
entre el cambio oficial y el cambio paralelo. La distancia entre el país
real y el país oficial era monstruosa. Eso ocurría en todos los órdenes.
Por las razones que fuere, la situación era muy crítica y tenía un Talón
de Aquiles muy evidente: la productividad y la producción estaban por el
suelo y la sociedad sólo podía sostenerse mediante una combinación muy
peligrosa de cuentas impagadas, remesas de los exiliados, y, sobre todo,
la solidaridad caritativa de Venezuela, donde mandaba un pintoresco
personaje de incierto destino, el teniente coronel Hugo Chávez, empeñado
en conquistar el planeta para una loca aventura llamada "Socialismo del
siglo XXI" en la que Raúl Castro no cree porque en empeños parecido ya
perdió la mitad de su vida y dejó miles de muertos en el camino.
Si, por alguna razón, Chávez perdía el poder, el descalabro económico en
Cuba sería peor que lo ocurrido cuando desaparecieron la URSS, el
subsidio ruso y los intercambios favorables con los satélites de Moscú.
Si entonces la capacidad de consumo de los cubanos se redujo un 40 o
50%, ahora sería peor.
Raúl contra Fidel
¿Qué hacer ante la crisis económica? Para Raúl la respuesta era bastante
clara: renunciar al colectivismo y al estatismo extremos impuestos por
Fidel Castro para asegurar la supervivencia del régimen. Si su función,
la de Raúl, era organizar la transmisión de la autoridad, sin perder el
poder, y preparar al gobierno para cuando los dos faltaran, tenía que
comenzar por poner en orden la maltrecha economía.
Pero ese proceso de rectificación traía un alto costo político. Dentro
de la clase dirigente, y en el conjunto de la sociedad, hoy se culpa a
Fidel Castro de haber provocado este desastre cuando en marzo de 1968
decretó la confiscación y estatización de 60,000 pequeñas y medianas
empresas que todavía estaban en manos privadas y servían para mitigar
los horrores y disparates del sector público.
¿Cómo salir de la ratonera ante este pesimista diagnóstico? Raúl Castro
hoy quiere volver a 1968. Quiere viajar al pasado. Su razonamiento es
que en aquel momento existía una dictadura comunista de partido único,
donde todas las grandes empresas estaban en poder del estado, mas
existía cierto nivel de eficiencia, dado que el frágil pero extendido
tejido empresarial privado era capaz de aliviar los problemas más
perentorios de los ciudadanos. Había restaurantes, salas de fiesta,
lavanderías, talleres de mecánica, plomeros, electricistas, carpinteros,
sastres, costureras y un sinfín de otros técnicos y artesanos que no
ponían en peligro el control político de la clase dirigente, pero
solucionaban innumerables problemas, creaban riqueza, brindaban bienes y
servicios y no dependían del estado.
Sin embargo, el aspecto oscuro, la inferencia que se desprende de este
análisis de Raúl, que nadie menciona, pero todos comparten, es que este
intento de regreso al pasado constituye un mazazo al prestigio y la
imagen de Fidel Castro. Estamos ante el primer paso en la
"desfidelización" del país, sin siquiera esperar a la desaparición
física del máximo líder. En la Rusia de Stalin, no se empezaron a
criticar sus disparates económicos mientras vivió el dictador. Con
Fidel, como consecuencia de su enfermedad y, curiosamente, de su
recuperación, el proceso de crítica y demolición ha comenzado antes, con
él vivo y contemplando el espectáculo.
Naturalmente, es útil subrayar que no se trata de unas reformas
encaminadas a democratizar a la sociedad cubana, sino, simplemente, lo
que se propone Raúl es conseguir que esa sociedad sea capaz de generar
la riqueza que se requiere para sostener de una manera autónoma la
dictadura comunista. Si para ello tiene que crearle un espacio
productivo a la sociedad civil, como en el pasado hicieron los húngaros
y los yugoslavos, está dispuesto a hacer esas concesiones, flexibilidad
que se desprende de su visión práctica y esquemática de la realidad, muy
alejada de las disquisiciones de los intelectuales "de lámpara", como
les llamaba Martí a los pensadores de gabinete.
La otra crítica que hoy los raulistas les hacen a Fidel y a los
fidelistas tiene que ver con el alto nivel de desorganización y
corrupción que Raúl halló entre los allegados a Fidel Castro. En la
mayor parte de las empresas auditadas no sólo se encontró que sobraban
una cuarta parte de los trabajadores, sino se le hizo evidente que los
libros de contabilidad y los inventarios no reflejaban la realidad: el
ausentismo era la regla y no la excepción, los robos estaban a la orden
del día y los gerentes disponían del patrimonio empresarial como si
fuera propio. Visto desde la perspectiva del orden que existe en el
ejército cubano, impuesto y mantenido por Raúl Castro, el aparato
productivo cubano era un mundillo caótico y podrido hasta el tuétano. Y
todo eso había ocurrido durante el largo mandato de Fidel Castro.
¿Qué otra observación hacen los raulistas a propósito del fidelismo?
Suelen decir, sotto voce, que ese caos que ellos se encontraron en las
empresas cubanas era el reflejo de la propia naturaleza de Fidel Castro.
La improvisación, el inesperado cambio de planes, la arbitraria
asignación de recursos, y la selección de personas no por su capacidad,
sino por su subordinación al jefe, eran rasgos de la personalidad del
Comandante. A lo que agregan un comentario cargado de veneno: "todos los
lugartenientes de Fidel Castro han resultado incompetentes y corruptos:
Luis Orlando Domínguez, José Abrantes, Roberto Robaina, Carlos Lage,
Felipe Pérez Roque, casi todos procedentes del llamado Grupo de Apoyo al
Comandante, acabaron en el ostracismo o en la cárcel. No hay duda de
que Fidel tiene un pésimo olfato para escoger a sus colaboradores".
Unas reformas de dudoso éxito
¿Tiene posibilidades de éxito el proyecto de Raúl? Muy pocas. Raúl
Castro es un militar sin ninguna experiencia en el terreno empresarial y
con muy pocas lecturas sobre el tema. Está acostumbrado a dar órdenes a
una estructura vertical de mando basada en la obediencia ciega. Ha
planeado la reforma sigilosamente, sin consenso, junto a un pequeño
grupo de generales de su entera confianza y con el auxilio de su hijo y
presunto heredero, el coronel Alejandro Castro Espín. Muy dentro de su
formación autoritaria, Raúl cree que ahora puede decir "hágase el
capitalismo o el cooperativismo" y el milagro sucede. Nadie le ha dicho
que el país dispone de muy poco capital cívico porque ellos se
encargaron de destruirlo, y ese elemento es clave para impulsar el
desarrollo.
Tampoco creo que haya reparado en que la economía de mercado basada en
la existencia de propiedad privada depende de la confianza, la buena fe
y el cumplimiento de los contratos. Durante medio siglo, mientras los
comunistas hablaban de solidaridad y del bien común, sin advertirlo
adiestraron a los cubanos en el "todos contra todos" y en él "sálvese el
que pueda". Revertir esas tendencias culturales y esos comportamientos
va a tomar cierto tiempo. Aprender que el robo y la mentira son
censurables y no unas aceptables técnicas de supervivencia es una tarea
de largo aliento.
¿Qué va a suceder con las reformas de Raúl Castro? Lo primero que va a
ocurrir, es que Raúl Castro no tardará en descubrir que las reformas de
los estados totalitarios jamás se ajustan al proyecto original que las
sustentaba. Una vez iniciado los cambios, como en el reino de Serendip,
verá cómo se producen reacciones imprevistas y consecuencias no
deseadas. Todo ello lo precipitará a nuevos cambios, que a su vez
generará otros desenlaces insospechados hasta que los planes originales
queden pulverizados.
Quienes hablan del "modelo chino" ignoran que a Deng Xiaoping jamás le
pasó por la cabeza que China acabaría siendo una dictadura de
capitalismo salvaje y partido único en la que la obsesión nacional es
hablar inglés y vivir a la manera occidental. Todo lo que Deng quería
era aumentar la bajísima productividad y la producción del país para
poder acercarse a los niveles de Taiwán o Singapur. Algo parecido a lo
que intentó hacer Gorbachov en la Unión Soviética y acabó destrozando el
sistema comunista.
En todo caso, los cambios que Raúl está imponiendo no van a dar frutos a
corto ni a mediano plazo, pero probablemente generarán unas ásperas
fricciones dentro y fuera de Cuba. Tal vez debió comenzar por poner en
orden el sistema monetario. Mientras existan dos monedas ligadas por un
cambio tramposo, la distorsión que se produce en cualquier transacción
hace muy difícil obtener beneficios, ahorrar e invertir, que es la única
secuencia de crecimiento económico que se conoce.
No existe, tampoco, un sistema de precios basado en la oferta y la
demanda. Exactamente como sucede con las dos monedas, ocurre con los
precios: el mercado negro, o el mercado paralelo autorizado por el
gobierno, se rige por unos precios que tienen muy poco que ver con los
oficiales. Si el gobierno intenta controlar los precios del incipiente
sector privado, lo que hará es desincentivar a los productores. Si no
los controla y se produce un alza en los precios en el mercado negro,
como sucedió en Cuba, por cierto, entre 1964 y 1968, cuando existía ese
tejido empresarial privado, esto provocará conflictos sociales e inflación.
En el país, sencillamente, mientras se mantenga la constitución
estalinista que lo rige, no hay instituciones de derecho capaces de
tutelar las transacciones comerciales en el sector privado. No existe un
código comercio adecuado a la nueva realidad. No hay una ley que regule
las quiebras. Los jueces y abogados apenas tienen experiencia con los
problemas y conflictos típicos de las sociedades en donde existe
propiedad privada.
No hay en el país un sistema financiero al que acudir en busca de
recursos. No hay ahorro nacional y el poco que hay no lo van a utilizar
para respaldar inversiones privadas. No es posible utilizar los bienes
inmuebles como garantía para la obtención de préstamos porque, en rigor,
las personas no son propietarias de sus viviendas. Las habitan en
usufructo y ni siquiera pueden repararlas por cuenta propia. Por otra
parte, el estado se encuentra desabastecido, lo que quiere decir que
difícilmente podrá atender las necesidades de insumo de los empresarios
privados.
¿De dónde saldrán el capital y los insumos para poner en marcha las
empresas privadas o las cooperativas? Raúl Castro y su pequeño grupo de
colaboradores esperan que provengan de los exiliados deseosos de ayudar
a sus familiares y amigos y, por qué no, de hacer negocios de los que
puedan beneficiarse.
Probablemente, tiene razón el gobernante cubano. Muchos exiliados
estarán dispuestos a aventurar pequeñas cantidades de dinero, pero las
consecuencias políticas y sociales de esas inversiones seguramente serán
devastadoras para el ya mínimo prestigio que tienen las ideas
comunistas. Si en Cuba, quienes van a vivir mejor, y quienes tienen la
posibilidad de enriquecerse son las personas emprendedoras que se
asocien de alguna manera a sus parientes y amigos radicados en el
exterior para desarrollar actividades privadas, que hoy son
santificadas, no hay duda de que los ciudadanos de segunda categoría
serán aquellos que permanezcan anclados en la retórica y la práctica
revolucionarias.
Ante ese ejemplo, seguramente muchos miembros de la nomenclatura,
especialmente los más jóvenes, desearán apartarse del partido y de las
instituciones gubernamentales para sumarse a las actividades
empresariales privadas. Ya hay síntomas de ese fenómeno. Dos de los
hijos de Fidel, el hijo de Machado Ventura, y miles de jóvenes que
pertenecen a las familias del poder, y que ya no tienen la menor
convicción comunista o revolucionaria, se separarán del aparato de
gobierno para dedicarse al mundo de los negocios, haciendo buena la
vieja frase que asegura que el comunismo "es una pesadilla que a veces
se interpone entre el capitalismo y el capitalismo".
Sin embargo, estas tensiones que se aproximan en el país no van a
sorprender a Raúl Castro. Mientras preparaba su plan de reformas, el
gobernante cubano enviaba a China al general Colomé Ibarra a comprar
abundantes equipos antimotines para prepararse contra cualquier
disturbio que pudiera surgir en la isla. Por temperamento y formación,
a Raúl Castro no le temblará el pulso cuando crea que debe sacar los
carros de combate y dar la orden de reprimir sin contemplaciones. Para
eso ha creado un cuerpo especial de élite dispuesto a matar si es necesario.
En definitiva, ¿qué va a suceder en Cuba? Lo advirtió, a mediados del
siglo XIX, Alexis de Tocqueville: este tipo de régimen se estremece y
colapsa cuando intenta cambiar, no cuando permanece quieto e indiferente
en medio del desastre. Fidel Castro había leído a Tocqueville y lo
sabía. Al final del camino, Raúl descubrirá la lección que en su momento
aprendió Gorbachov: el sistema no es reformable. Hay que echarlo abajo.
Pacíficamente si se quiere, pero hay que demolerlo.

http://www.miscelaneasdecuba.net/media/Web1/QUO_VADIS_RAUL.doc

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