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Los plátanos y la guerra iraní

Los plátanos y la guerra iraní
Domingo 12 de Septiembre de 2010 21:13 María Santos, La Habana

Si las autoridades querían robar la atención de una inminente guerra en
Oriente Medio, nuclear para colmo de desventuras, según Fidel Castro,
las recientes imágenes en la televisión de rastras enteras de plátanos
quemándose al sol hicieron mirar a millones de televidentes hacia otro
conflicto mucho más cercano y menos hipotético.

"¡Una barbaridad más de las tantas!", repite un hombre que se protege
del sol con su portafolio negro en una fila a la entrada de una oficina
telefónica.

"Y después te meten el discurso de que se preocupan por la alimentación
del pueblo", calza una mujer que se abanica obsesivamente.

"¿Dónde están los responsables? ¿Ya aparecieron?", pregunta una joven de
la cola sin encontrar respuesta. Manosea un móvil.

Un anónimo "bah" intenta poner fin al diálogo. Alguien que ha
permanecido en silencio lo secunda con una mueca de fastidio. El calor
intensifica en todos un mismo anhelo: escapar lo más rápidamente posible
de la espera.

Lo visto en la televisión ha llevado a muchos a la indignación, a otros
a la perplejidad. Fue un reportaje de minutos, repetido en dos
telediarios, en el que la cámara se regodeaba en toneladas de fruta
chamuscada por días a la intemperie, sin que el sistema estatal de
transportación consiguiera llevarlas a los mercados. La contraparte del
proceso, los campesinos privados y de cooperativas, alegaban ante la
periodista el cumplimiento de los contratos.

Uno ellos llegó más lejos. Propuso llevar la estiba a los mercados con
su camión, debidamente documentado. Imposible. Le fue negado por los
funcionarios.

No es la primera vez que se tienen noticias de un desaguisado productivo
—de hecho, miles de toneladas de frutas, vegetales o café se pierden
anualmente por falta de transportación estatal—, pero no es común que
las noticias del desastre sean crudamente mostradas en medios oficiales,
y menos en los telenoticieros, reiteradamente acusados de ofrecer un
vergel por país.

En marzo pasado, el primer vicepresidente, José Ramón Machado Ventura,
escuchó duras críticas de los productores al sistema de distribución. En
una reunión celebrada en el poblado habanero de San José de las Lajas,
previa al X Congreso de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños
(ANAP), que tuvo lugar en mayo con más penas que glorias, los campesinos
plantearon que las cooperativas llevaran directamente los productos a
los puntos de venta en sus camiones.

Machado Ventura tomó nota de la protesta, pero derivó los temas hacia la
falta de recursos y los gastos imprevistos en que el país incurrió en
2008 por los daños de los huracanes, más de 10.000 millones de dólares,
de acuerdo con el cálculo oficial.

Durmiendo con el enemigo

El Estado, dicen analistas, se niega a entregar o compartir el monopolio
de la distribución, en un país donde controla el 90 por ciento de la
economía.

Es un sector de implicaciones estratégicas y una de las piezas de la
seguridad nacional, pero, en contrapartida, siempre ha sido manejado con
porfiadas incompetencias.

"El intermediario, como en toda economía moderna y como parte de la
división social del trabajo era y es un componente importante de la
cadena agroproductiva y de la economía agrícola en su conjunto",
escribió el doctor Armando Nova.

Nova, quien es profesor e investigador de la Universidad de La Habana,
recordó que en los años cincuenta "el intermediario disponía de recursos
financieros que le permitían efectuar las compras a los productores y
cubrir sus operaciones. De igual forma, disponía de medios propios tales
como: transporte, envases, locales, almacenes, e instalaciones de
beneficio, también tenía vínculos con el mercado minorista urbano y/o la
industria". Mirados con resquemor, los transportistas privados que
hacen rodar todavía una flota de camiones estadounidenses de la primera
mitad del siglo XX, mantienen en vilo a las autoridades. Su expedita
acumulación de capitales y su psicología de contrabandistas han hecho de
ellos una falange siempre bajo sospecha para la cual el Estado no tiene
alternativas.

En octubre de 2009, según la prensa, la producción de agroalimentos
alcanzó las 300.000 toneladas mensuales, nivel prehuracanes de 2008,
pero la ineficiencia en la distribución e incapacidad de la industria
crearon un cuello de botella en el que se perdieron no pocas cosechas.

Francisco Fernández, director de una finca estatal, dijo en esa ocasión
al semanario Trabajadores que el problema de los envases para
transportar la producción "es crítico", pues muchas de las cajas de
madera o plástico, así como los sacos, no retornan.

El año pasado, producciones récord de tomate, cebolla y plátano
registraron pérdidas, a consecuencia de la falta de envases, transporte
ineficiente, largas filas en los mercados de compra e incapacidad de la
industria para procesarlas.

Paralelamente, el gobierno admite que la política importadora es
insostenible. En ella emplea miles de millones de dólares anuales para
garantizar el 80 por ciento del consumo.

A esto se suma que del millón de hectáreas entregadas en usufructo a
unos 100.000 agricultores en los dos últimos años, poco menos de la
mitad está en producción, debido a plagas, falta de recursos y sequía.
Eso lo dijo Granma cuando faltaban unos días para la hora cero en los
mares iraníes.

http://www.diariodecuba.net/opinion/58-opinion/3187-los-platanos-y-la-guerra.html

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