Cuba Derechos Humanos

Fracaso del castrismo lo condena a su definitiva extinción

Fracaso del castrismo lo condena a su definitiva extinción

De manera casi simultánea a la confesión de Fidel Castro de que el
"modelo" por él instaurado ya no les sirve ni siquiera a los mismos
cubanos, el gobierno encabezado por su hermano Raúl hizo público el
anuncio de que en los próximos seis meses procederá a despedir ni más ni
menos que a 500.000 empleados públicos. El otrora Estado todopoderoso ya
no tiene ninguna posibilidad de seguir manteniendo a tal número de
funcionarios. En los hechos, significa una verdadera implosión del
sistema político y económico vigente en la isla durante más de cinco
décadas.

Lo realmente llamativo del caso es que el anuncio fue formulado por la
mismísima Central de Trabajadores de Cuba (CTC), a través de un
comunicado en el que, al mismo tiempo que se informa sobre los despidos,
se anuncia paralelamente el incremento del número de trabajadores "en el
sector no estatal". Es el reino del revés: en el mundo de la filosofía y
los principios marxistas, es nada menos que una central obrera la que
informa sobre la necesaria reducción del aparato estatal y proclama,
esperanzada, el impulso vigoroso de la actividad privada. Evidentemente,
estamos presenciando un momento histórico: el desmoronamiento de un
sistema estatista rígido y dogmático.

Mientras esto sucede en la cúpula de la dirigencia sindical cubana, sus
camaradas paraguayos no cesan de defender aquí la sistemática
multiplicación de los puestos destinados a los funcionarios públicos,
incluso reclamando que los mismos trabajen menos horas que aquellos del
sector privado y, claro está –dentro de su concepción retrógrada sobre
la producción– satanizando a la iniciativa privada y condenando a
aquellos que la promueven.

Pero del estupor se pasa directamente a la perplejidad si se continúa
leyendo el mentado comunicado de la CTC, pues allí se asegura que
"nuestro Estado no puede ni debe continuar manteniendo empresas,
entidades productivas, de servicios y presupuestadas con plantillas
infladas y pérdidas que lastran la economía, resultan contraproducentes,
generan malos hábitos y deforman la conducta de los trabajadores". Toda
una verdadera revolución, pero en el sentido directamente contrario a la
que creó Fidel Castro a partir de 1959. Con gran razón, pues –aunque no
con menor cinismo–, el incombustible "líder" cubano declaró la absoluta
inutilidad del sistema por el mismo instaurado.

Para convencerse los sindicalistas paraguayos de cuál es la realidad de
la economía mundial actual, deberían invitar a los dirigentes sindicales
cubanos a que nos vengan a narrar sus fracasadas experiencias, y no
solo a ellos, sino también a nuestros dirigentes políticos
oficialistas, ya que estos apuestan a todo lo contrario: a la
subsistencia de un Estado elefantiásico y paquidérmico, al mantenimiento
de empresas que prestan pésimos servicios a la ciudadanía, como la ANDE,
Essap o Copaco. La última de las cuales, por ejemplo, tiene más de cinco
mil funcionarios, casi el mismo número de personas que emplea el Estado
Vaticano para administrar los asuntos relacionados con unos mil millones
de católicos alrededor del mundo. Ello, además, sin hacer muy profundo
análisis sobre la situación de la INC, que castiga actualmente a la
población con las restricciones productivas a las que ya la tiene
acostumbrada de manera más o menos periódica.

El despido de más de medio millón de funcionarios públicos obliga al
régimen de Raúl Castro a aceptar la participación en las cuestiones
económicas de un actor hasta ahora persistentemente demonizado por el
marxismo comunista: el gestor de la actividad privada, motor del
verdadero crecimiento económico, generador de riqueza y multiplicador de
puestos de trabajo digno. Para ello extenderá cientos de miles de
"permisos" para que se instale más de un centenar de nuevos negocios de
pequeños emprendedores.

Ello permitirá, entre otras importantes cosas, reactivar la severamente
contraída economía de Cuba, al mismo tiempo que estimular la creación de
nuevos contribuyentes que pagarán sus impuestos, sin los cuales ningún
Estado, sea bajo el régimen político que fuera, puede mantenerse y
sobrevivir.

Lo verdaderamente patético de toda esta compleja situación que atraviesa
Cuba –que evidentemente no está exenta de grandes desafíos y nuevas
oportunidades– es que el reconocimiento por parte de su dirigencia de
las limitaciones estructurales del sistema llega demasiado tarde, cuando
la miseria azota al oprimido pueblo cubano. En nombre de su dignidad
–mantenida contra las supuestas fauces feroces del "imperialismo
yanqui"– el régimen castrista acabó con su honra e hipotecó su
autoestima, y ahora, cincuenta años después, le pide a su esquilmada
población que haga un nuevo "sacrificio" y que se torne súbitamente
competitiva.

Lo vivido en las últimas décadas por el pueblo de Cuba es verdaderamente
trágico; tanto o más patético que lo que nuestro propio pueblo debió
soportar durante los treinta y cinco años de inacabable dictadura
stronista. Sin lugar a dudas, existe un punto coincidente en todos los
regímenes totalitarios: ellos construyen estados gigantescos e
inservibles para el conjunto de los ciudadanos, pero no para sí mismos,
para la marcha de sus planes de dominación y sojuzgamiento, y para el
deleite de la "nomenklatura", que siempre vivió a sus anchas merced a
los sacrificios hechos por la gente común.

Es menester, pues, sacar lecciones de la historia y que aprendamos los
paraguayos a valorar cada día más las innumerables ventajas de vivir en
un ambiente de respeto a la libertad y de consolidación de la
democracia, por lo que se hace necesario, como lo están haciendo los
trabajadores cubanos, un profundo y franco análisis de la situación
nacional en el tema para realizar lo antes posible las correcciones que
deben impulsarse.

15 de Septiembre de 2010 22:47

http://www.abc.com.py/nota/185906-fracaso-del-castrismo-lo-condena-a-su-definitiva-extincion/

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