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El regreso a la escuela

Publicado el viernes, 09.10.10
El regreso a la escuela
By VICENTE ECHERRI

El ver a tantos niños que, en estos días, estrenan la escuela, o que
regresan a clases luego de las vacaciones del verano, siempre consigue
devolverme a la infancia, protegida y risueña, en la que cada septiembre
se abrían para mí las puertas tentadoras del saber.

La escuela era, ante todo, un repertorio de olores peculiares: a la
tinta de los libros recién impresos, al papel de los cuadernos nuevos, a
tiza y, en mi caso particular, a la madera pulida y algo estropeada de
los viejos pupitres de caoba de mis primeras aulas; pupitres de tapa en
el que no faltaba un tintero y una pluma para las clases de caligrafía.
Pero también era sonidos, voces, sobre todo de los maestros que
impartían sus lecciones en medio de un silencio que hoy parecería
insólito, mientras todos escuchábamos atenta y casi reverentemente sus
explicaciones, sentados con corrección –el torso erguido y apoyado
contra el respaldo del pupitre– y dispuestos a ponernos de pie ante la
primera persona mayor que apareciera por la puerta.

Mis primeros años de escolar transcurrieron en una antigua casa de mi
natal Trinidad (Cuba) convertida en escuela durante el gobierno
interventor norteamericano a fines del siglo XIX, y que aún lo sigue
siendo. Era una casa penumbrosa, y así la mayoría de sus aulas, salvo en
el patio enorme y enladrillado –donde recuerdo muchas mañanas de luz
intensa– alterado por la presencia de algunos árboles. Entre todos se
destacaba un granado con unos frutos relucientes que algunos alumnos,
contraviniendo la disciplina, hurtaban en la hora del recreo. Junto al
granado, había una fuente, ya con algo de musgo, de la que manaba un
hilo de agua y a la que venían a beber los pajaritos.

Mucho más de medio siglo después, aún puedo ver, por vía de la memoria,
ese cuadro que incluye la fuente con las aves, tal como se recorta desde
una de las ventanas del salón donde curso el segundo grado. La maestra,
que ya entonces tiene 60 años (ha nacido en 1894), pero que viste con
escrupulosa elegancia (siempre lleva la cartera del mismo color de los
zapatos), escribe la fecha en lo alto del pizarrón con unos trazos
decimonónicos y pasa a explicar lo que cada una de sus partes significa.
El por qué del nombre de la ciudad, del día, del mes, y de 1954, los
años transcurridos desde el nacimiento de Cristo. Es mi primer día de
curso y, sin saberlo, me han dado una lección inolvidable de ordenación
del conocimiento: el fundamento de la cronología de Occidente. El primer
tablón para una estantería mental donde ir almacenando lo aprendido.

Aunque estoy por entero pendiente de su explicación –o al menos eso
creo– mi vista se desvía por momentos hacia los pajaritos que beben y
trinan en la fuente, y la maestra lo advierte y exige mi atención con
alguna severidad. Me pregunta lo que acaba de explicar y, para su
asombro, se lo repito con sus propias palabras. Lo he grabado para
siempre en mi memoria, pero también el ambiente exterior, aquel recodo
del patio de mi escuela. Ambas cosas, el pizarrón con una fecha escrita
y un árbol y una fuente –cultura y natura– se articulan en mis
recuerdos como un díptico inseparable que nunca lograrán desdibujar los
muchos libros y los muchos paisajes que vendrán después.

Cuando, por estos días, veo a los niños marchar alegres –o medrosos–
al comienzo de un nuevo curso, no sólo recobro mi nunca perdida, aunque
sí enmascarada, condición de escolar, sino que también me pregunto si la
escuela elemental –en un momento en que parece primar la incultura–
consigue, más allá de transmitir alguna información, inculcar en la
psique de sus pueriles educandos una estructura para el auténtico saber,
un molde donde ir vaciando los resultados del quehacer humano, alguna
disciplina mental y espiritual frente a las manifestaciones, vastas y
abigarradas, de naturaleza y sociedad.

Las respuestas a esas interrogantes no son alentadoras, al menos en los
países que conozco. En el fondo subyace la dislocación del orden
jerárquico que ha traído consigo la contemporaneidad y que ha encontrado
campo abierto en la escuela donde, con el pretexto de la inclusión y la
pluralidad, se fomenta un pernicioso relativismo cultural y se difunde
la ausencia de criterios normativos. El resultado ya se aprecia en más
de una generación: endeblez de principios, modales y formas de captar,
asociar y discernir que son esenciales para una mejor y más inteligente
comprensión del mundo.

(C)Echerri 2010

http://www.elnuevoherald.com/2010/09/10/799419/vicente-echerri-el-regreso-a-la.html

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