Cuba Derechos Humanos

Edith en su jaula de oro

Edith en su jaula de oro
Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubanet.org) – Cuando toqué a su
puerta, pintada de rojo-fuego, en la calle Conill del reparto Nuevo
Vedado, en La Habana, no podía imaginarme lo que me esperaba dentro.

Allí vive Edith García Buchaca (1916), comunista de larga lucha por la
justicia social, en prisión domiciliaria desde marzo de 1964, cuando
comienza en la capital el proceso judicial contra Marcos Rodríguez,
acusado de haber delatado a un grupo de insurrectos, asesinados por la
policía de Fulgencio Batista.

Toqué el timbre de aquella puerta y me abrió una sirvienta anciana de
raza negra. Espléndida casa donde Edith ha cumplido su castigo al pie de
la letra, junto a su fallecido esposo Joaquín Ordoqui, seguramente
agradecida porque como todo importante personaje de la revolución
cubana, disfruta de una de las hermosas y confortables residencias de la
alta burguesía habanera.

Me había citado para el pasado 2 de septiembre, después del mediodía. Le
conté de mi amistad con su hijo Joaquinito Ordoqui, en los años setenta
del siglo pasado, fallecido en España en 2004. Le mostré un retrato
surrealista que me hizo, donde escribió: Para Tania, que también sueña.

Ella observó el dibujo con sus ojos tristes y cansados, todavía lúcida a
los 94 años, y su gran carga de sufrimientos. Cuando le mencioné el
libro de Carlos Manuel Pellicer, Útiles después de muertos, donde
aparece la historia de Marcos, ella y Ordoqui, dijo en voz baja que lo
había leído.

El libro de Pellicer explica con lujo de detalles la labor de espionaje
realizada por Marcos contra grupos revolucionarios de derecha, por orden
de algunos de los altos jefes del Partido Comunista, que no fueron en
ningún caso Edith y Ordoqui.

No estábamos solas. La acompañaba Dania, hija de su primer matrimonio
con Carlos Rafael Rodríguez. Siempre alerta, como protegiendo a su madre.

-Mi mamá no acepta entrevistas. Ni siquiera a Granma –me dijo.

Difícilmente -pensé- Granma la entrevistaría.

Llevaba en la mente un montón de preguntas que había elaborado durante
una semana y sin optimismo. No resulta difícil conocer a los viejos
comunistas, hechos del mismo molde y la misma absurda y enfermiza
obediencia partidista de la época de Stalin.

-Yo soy marxista-leninista -me dijo Edith en un hilo de voz, como si
quisiera interponer una barrera entre las dos.

Pero no pudo. Sentí una extraña corriente de simpatía a lo largo de
nuestra conversación, algo que no creo prudente explicar, porque ni con
el pétalo de una rosa haría daño a esa anciana que conocí a principios
de la revolución, bella, inteligente, joven todavía, del brazo de aquel
antiguo líder de los trabajadores tan admirado y querido en Cuba durante
la República, despojado también de todos sus méritos y obligado a vivir
encerrado en su casa hasta el día de su muerte.

Cuando me despedí, tomé sus manos entre las mías. Hubiera querido
decirle muchas cosas más. Por ejemplo, que ha vivido, es cierto, 46 años
encerrada entre paredes, pero en paz con su conciencia, sin culpa alguna
ante tanta pena de muerte, ante tanta barbarie.

http://www.cubanet.org/CNews/year2010/sept2010/10_C_2.html

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