Cuba Derechos Humanos

Una posición no común

Publicado el lunes, 04.05.10
Una posición no común
By ALEJANDRO ARMENGOL
Sólo en el mes de marzo, han sido asesinados cinco periodistas en
Honduras. Quienes fuera de la isla defienden el régimen de Cuba
argumentan que estos crímenes no han tenido la misma repercusión en la
prensa que la represión a las Damas de Blanco, la muerte del disidente
preso Orlando Zapata y las huelgas de hambre que llevan a cabo Guillermo
Fariñas, Darsi Ferrer y Franklin Pelegrino del Toro.
El reclamo es cierto, si atendemos sólo a las estadísticas, la
colocación de la información en determinada página de los periódicos y
el tiempo dedicado durante las trasmisiones de televisión.
Pero otros factores se deben tomar en cuenta. Uno de ellos es que lo que
ocurre en Cuba despierta en general una mayor atención en la prensa
desde hace decenas de años. Salvo en casos extremos –guerras,
terremotos, huracanes– las noticias de Centroamérica y el Caribe no
tienen el mismo despliegue. No se juzga aquí la validez que pueda tener
ese criterio o lo justo que resulta, sino se establece un hecho.
Otro aspecto es la relación especial, también desde hace mucho tiempo,
que España mantiene con Cuba. Esto por no mencionar el caso de Estados
Unidos y la comunidad exiliada residente en este país. Es indiscutible
que todo ello repercute en la prensa de ambas naciones.
Así que tomar el caso del asesinato de los periodistas en Honduras, como
ejemplo para demostrar que existe una campaña mediática contra Cuba, es
un argumento limitado.
Esto, por supuesto, no limita el dedicar el mayor esfuerzo a la
necesaria condena de estos crímenes.
Ahora bien, esta condena hay que verla dentro de la situación de
violencia que vive el país centroamericano, y reconocer al mismo tiempo
que no todos los atentados contra periodistas pueden ser supuestamente
atribuidos a los partidarios o participantes en el golpe de Estado.
Los cinco periodistas muertos son José Bayardo Mairena, de 52 años, y
Manuel de Jesús Juárez, de 55, quienes recibieron el impacto de al menos
13 disparos cada uno. También fueron asesinados Joseph Ochoa, de 26
años, David Meza, de 51, y Nahún Palacios, de 36.
Asimismo, Karol Cabrera, periodista de radio y televisión, ha sufrido
dos atentados entre diciembre y marzo. En uno murió su hija embarazada,
de 16 años, y en el otro Ochoa, cuando iba a su casa en Tegucigalpa.
Cabrera culpa de ambos atentados a los seguidores de Zelaya, sin brindar
nombres.
Los partidarios del destituido Zelaya han rechazado reiteradamente esa
versión.
Cabrera es una férrea defensora del golpe de Estado que derrocó a Zelaya
el 28 de junio del 2009. El ex presidente de facto Roberto Micheletti
responsabilizó por el primer atentado a los partidarios de Zelaya, sin
presentar pruebas.
En lo que respecta a los asesinatos de Mairena y Juárez, la fiscal Wendy
Caballero dijo a la AP que aún no se disponía de pistas al respecto.
“Aún no existe ningún elemento que oriente la causa de este doble
asesinato”, declaró a la AP.
La policía continúa sin aclarar estos y otros crímenes, contra
periodistas y civiles en general, que se producen en momentos en que
Honduras es agobiada por una gran ola de violencia callejera.
Hay, sin embargo, un aspecto de estos hechos que debe destacarse. Un
crimen no justifica otro. En el caso de las violaciones a los derechos
humanos, no cabe un argumento al estilo de que “ellos son malos, pero
los otros son peores”.
No se trata de comparar insultos y golpes con balas.
Es declarar, simplemente, que ambas situaciones son condenables.
Desgraciadamente, lo que ocurre en Cuba sigue creando una polarización
extrema.
Se mantiene la tendencia habitual de responder ante una violación de los
derechos humanos, por un grupo político o un gobierno, con la mención a
otra violación, de igual o peores características, llevada a cabo por
otro grupo u otro gobierno. Ese es el clásico argumento de la paja en el
ojo ajeno y la viga en el propio.
Estar en contra de las violaciones de los derechos humanos en Cuba no
quiere decir que uno necesariamente tiene que simpatizar con Luis Posada
Carriles –a quien muchos en esta ciudad consideramos que es un
terrorista–, estar a favor de las guerras en Irak y Afganistán y apoyar
el embargo estadounidense al gobierno cubano. Ese aferrarse a
direcciones contrapuestas de parámetros estrechos no permite un análisis
más amplio. Sobre todo en estos momentos, donde las informaciones que
llegan de la isla permiten apreciar que ha sido superada la época de las
respuestas monolíticas, que por años caracterizaron al gobierno cubano.
econocer esta diversidad, tanto en La Habana como en Miami, debe
convertirse en una premisa fundamental.
Que tantos gobiernos, políticos, fuerzas diversas y miembros de
distintas corrientes de pensamiento rechacen en la actualidad el
historial del gobierno en el tema de los derechos humanos no significa
que la reacción en Miami tiene una patente de corso. Abogar por el fin
de una izquierda extremista, que se ha convertido en reaccionaria y
conservadora, no equivale a un aplauso a la explotación capitalista. El
apoyo a la disidencia no es sinónimo de colocarse del lado de la
ultraderecha de esta ciudad, que está tan en decadencia como el gobierno
de la Plaza de la Revolución.
aarmengol@herald.com
http://www.elnuevoherald.com/2010/04/05/v-fullstory/689706/alejandro-armengol-una-posicion.html

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