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Esa bella Cuba triste

la cornucopia

Esa bella Cuba triste
Gonzalo Figueroa | Actualizado 14.04.2010 – 01:00

INTERMITENTES noticias sobre la bella isla me hacen inevitable recordar
con inmenso cariño a Cuba y a mis amigos cubanos de otro tiempo. Porque
tuve desde niño el privilegio de conocer, en mi Chile de entonces, a
varios cubanos y cubanas, con su habla y entonación características, su
simpatía y su alegría de vivir. Fueron esos contactos los que, siendo yo
un joven abogado, me facilitaron un buen clima durante mi viaje de
trabajo a esa joya del Caribe en 1957.

Gobernaba entonces Fulgencio Batista, militar y presidente legítimo
entre 1940 y 1944 quien, al terminar su período, se instaló en Estados
Unidos, para volver a Cuba como senador electo en 1948 y que, arropado
por algunos de sus conmilitones, derrocó en 1952 al presidente
constitucional Prío Socarrás, para lo que contó con el decidido apoyo de
Estados Unidos, país al que compensó generosamente con un abierto
respaldo al capital norteamericano. Fue contra él que Fidel Castro
organizó su fuerza guerrillera, que terminó derribándolo a comienzos de
1959.

La Habana de Batista era, hay que reconocerlo, un hervidero de
negociantes, de lujosos hoteles, de activísimo comercio, fuente de
transacciones cuantiosísimas. No había libertad política, eso sí, pero
con sus innumerables clubes de bien organizado turismo sexual, la
capital principalmente, así como las provincias importantes, se habían
transformado, al decir de sus gentes, en el prostíbulo de los ricos
norteamericanos. La compensación de esta viciosa realidad era la alegría
de vivir de sus habitantes y una creciente mejoría económica de la que
el pueblo llano se beneficiaba modestamente, mientras los ricos se
hacían millonarios.

No obstante, un sector nada desdeñable de progresistas cubanos apoyaban
el levantamiento de Castro, a la espera de que su idealismo cambiaría la
licenciosa imagen del país, incorporando un socialismo constructivo y
promotor de mayor justicia social.

Desgraciadamente, los más de 50 años de férrea dictadura castrista han
transformado a Cuba en un Estado pobre y triste, frustrando dolorosa e
irreversiblemente a muchos partidarios del Fidel de antaño. Y ahora, la
dramática muerte del huelguista de hambre Orlando Zapata y la más que
probable de su sucesor Fariñas y de otros que le seguirán, así como las
valientes Damas de Blanco, ponen un serio punto de inflexión al régimen
de los hermanos Castro. Ya lo dice bien el mexicano Jorge Castañeda el
El País (13. 4. 10): "Puede ser una llamarada más, o el principio del fin".

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/676800/esa/bella/cuba/triste.html

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