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El ser o no ser del regreso a Cuba

Publicado el miércoles, 11.18.09
El ser o no ser del regreso a Cuba
By NICOLAS PEREZ

Hay veces que en política mientras más uno mira menos ve. Cuando salí de
la cárcel, como habían confiscado la casa de mis padres, me dieron un
apartamento en la Puntilla, en Miramar. Vivía frente al Rosita de
Hornedo rodeado de extranjeros de los países socialistas. Aquello era
una especie del gran zoco marroquí de Tánger. Los cubanos a cambio de
puñados misérrimos de comida traficaban joyas, antigüedades y obras de
arte. Daba pena ver cómo se repetía la historia de aquellos infelices
indios taínos que entregaban a los conquistadores su oro a cambio de
cuentas de vidrio.

Conocí el ambiente a fondo porque aquellos extranjeros eran mis vecinos.
Los polacos eran simpáticos y buenos negociantes; los rusos, callados,
taciturnos y borrachos hasta la exasperación, daban la vida por un
frasco de alcohol natural de 97 grados. Los alemanes, intratables y
distantes. Y aunque el sentimiento común entre todos los ciudadanos de
los países de Europa del este era de antipatía y rencor hacia el
comunismo, húngaros y checos lo hacían patente con una ferocidad especial.

Cuando rodó por tierra el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, caí
en estado de shock no por el hecho en sí, sino porque no podía entender
cómo habiendo estado sentado en primera fila viendo las grietas, los
resentimientos y las contradicciones del campo socialista, no me cruzó
por la mente ni durante un segundo que el derrumbamiento de la Unión
Soviética era inminente. Había oído hablar de la revolución de
terciopelo de Vaclav Havel y del sindicato Solidaridad de Lech Walesa,
pero con ecos tan lejanos como el mundo de hoy escucha insignificantes
noticias sobre Yoani Sánchez, el manifiesto La patria es de todos y
sobre Oswaldo Payá. ¿Cómo pudo estar tan bloqueada mi capacidad de
análisis? Probablemente me olvidé del nivel de propaganda que son
capaces de desarrollar los regímenes totalitarios, los cuales me
convencieron de que el comunismo estaba destruyendo en la guerra fría a
los Estados Unidos y que su futuro era luminoso.

Unicamente puedo excusarme, creyendo en la existencia de un síndrome de
indefensión intelectual ante hechos consumados y consagrados por la
pátina del tiempo. Algo así como aceptar que el celibato de los
sacerdotes católicos es positivo porque se remonta a 1563, durante el
Concilio de Trento, o que los japoneses son nuestros enemigos porque
atacaron en 1941 Pearl Harbor y lo decían las películas de Hollywood de
los años cincuenta.

Lo admito, me equivoqué una vez, pero no voy a volver a equivocarme. El
castrismo se va pronto porque la isla se cae en pedazos y pretenden
culpar a la recesión mundial de sus problemas. Porque intentan capear la
crisis con transformaciones cosméticas y se trata de cambiar la esencia
del sistema. Porque creen que pueden seguir jugando a la magia de la
retórica cuando a esta altura sólo importan los hechos concretos. Y se
va el castrismo porque no hay relevo: cuando tronaron a Carlos Lage y a
Pérez Roque le hicieron una histerectomía al futuro político de la
revolución y ya no hay ovario capaz de dar a luz a un sietemesino más
que pueda empuñar las riendas de otro gobierno de esta raza maldita.

Y ahora, mirando los afilados cuernos del toro sentados en un palco a la
sombra, ¿no será hora de preguntarnos ser o no ser como el Hamlet de
Shakespeare? Un dilema que evoco constantemente desde estas páginas.
¿Regresamos o no regresamos a la isla? ¿Qué es el amor a la patria?
¿Hemos hecho lo suficiente por hacerla libre?

Otro ángulo del problema: ¿se justifica hoy, estar medio siglo a la
espera de una victoria final y cuando esta llega y toca a nuestra puerta
debemos rechazarla porque una selectiva memoria histórica profundamente
válida nos lo impide?

Es perfectamente humano que con hijos y nietos en un hogar cálido en
Miami y con una vida hecha nos preguntemos rodeados de dudas: cuando nos
tropecemos Cuba y yo, ¿seremos capaces de reconocernos? Yo diría que
identificar a la patria después de tres, cuatro o cinco décadas puede
ser producto de una rara habilidad de evocar viejos recuerdos, y no
identificarla, un accidente sin importancia. El verdadero drama es el
supuesto regreso.

La última palabra sobre el tema la tuvo Heráclito de Efeso, que
planteaba que todo en esta vida fluía sin cesar, por lo que no se podía
entrar dos veces a un mismo río. Con esto postulaba con una firme
convicción que no se retorna.

No nos engañemos, para un cubano de Miami va a ser difícil pisar las
calles de Cuba nuevamente. Debemos primero exorcizar el horizonte con
fuego y después seguir la senda de la reconciliación y el perdón con el
bárbaro enemigo. Y este avatar nos va a doler en el alma ya que para
lograrlo, si queremos tener de nuevo un país, si odiamos la sangre
fratricida, debemos renunciar a hacer una verdadera justicia, como lo
hizo España tras un millón de muertos en su guerra civil. En 1939, con
la sangre dándole al cuello, el pueblo español no pasó cuentas. Y es que
siempre he pensado que cuando Cuba vuelva a ser de todos los cubanos,
¿no es cierto que a muchos de nosotros, en ese instante, se nos va a
secar el alma y nos vamos a morir un poco?

Por eso de la generación del 60 volveremos algunos, pero nadie regresará
jamás. Porque hemos dejado la piel, el orgullo y nos hemos roto en mil
pedazos en el camino. Y sólo cristalizará el milagro de entrar dos veces
en un mismo río cuando lo hagamos con mucho amor y unicidad, íntegros.
Hablo de sobreponernos a nosotros mismos y lograr una verdadera epopeya
espiritual.

nicop32000@yahoo.com

NICOLAS PEREZ: El ser o no ser del regreso a Cuba – Columnas de Opinión
sobre Cuba – ElNuevoHerald.com (18 November 2009)
http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/columnas-de-opinion/v-fullstory/story/589904.html

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