Cuba Derechos Humanos

Gente en la playa

Publicado el viernes, 07.24.09
Gente en la playa
By ALEJANDRO RIOS

En un hermoso documental de 1963, Gente en la playa, el gran fotógrafo
hispano cubano Néstor Almendros parte con su cámara prodigiosa a las
costas de Marianao y filma al pueblo más simple disfrutando de lo que
fueran clubes privados de las clases pudientes cubanas tras ser
intervenidos por el gobierno revolucionario.

La cinta, realizada a la manera del llamado free cinema, donde se
aprovecha la luz natural, el sonido ambiente y la espontaneidad de lo
que acontezca delante de la cámara, no hace referencia directa a la
profunda transformación que acontecía en la isla. Se limita a registrar
cubanos felices, no sin cierta ingenuidad, disfrutando un día de asueto
a la orilla del mar. Los protagonistas de este poema naturalista no
podían imaginar los hechos que vendrían a medida que la dictadura se
radicalizaba.

Sin ninguna otra pretensión que reflejar la esperanza de una supuesta
mejor sociedad, Almendros nos regala rostros, actitudes, placeres y todo
el lenguaje gestual que denota la cubanidad, mientras en la banda sonora
la vitrola degrana sones y boleros. Gente en la playa perdura como el
apunte de quien luego sería un genio del lente y la luz.

En el 2000, el cineasta estadounidense Stephen Olsson estrena el
documental Our House in Havana (Nuestra casa en La Habana) que refiere
el regreso a Cuba de Silvia Morini, luego de treinta y tantos años en el
exilio.

Hay un momento del filme donde la ex campeona de natación visita lo que
fuera el Havana Yacht Club, hoy Círculo Social Obrero José Antonio
Mella, también en las playas de Marianao, donde disfrutó buena parte de
su juventud como miembro de la alta sociedad.

Lo que encuentra Morini es un lugar abandonado a su suerte y trata de
entender la indigencia prevaleciente debido a la ausencia de dueños que
velaran por el buen estado del inmueble.

Entre Gente en la playa y Our House in Havana se produjo la debacle de
la relación hedonista entre el habanero y la costa. En principio, con el
agravamiento del ya escaso transporte público, el viaje a la playa dejó
de ser un recorrido placentero para volverse un desvarío de empujones y
maltratos.

Ni decir que era imposible encontrar una taquilla con vergüenza para
guardar la ropa y los pocos alimentos que se vendían reclamaban su
correspondiente cola como se fue haciendo hábito entre la población.

Recuerdo que cada semana hacía el recorrido a pie entre el barrio de
Alamar y su playa más cercana, la diminuta Bacuranao, para disfrutar el
baño de mar o, en su defecto, el llamado dienteperro de la costa, en el
propio barrio, sustituyó las bondades de la arena.

El pueblo aguantaba la decadencia con raro estoicismo, como un castigo
merecido, y se colgaba de los ómnibus, arriesgando la vida para alcanzar
la playa o participaba de reyertas que acontecían alrededor de las pipas
de cerveza, situadas por el gobierno cerca del mar, donde se dispensaba
el espeso líquido a granel en lamentables pergas de cartón parafinado.

¿Qué fue de las reuniones familiares a la sombra de los pinos de Santa
María del Mar donde se dispensaban el arroz con pollo y los tamales? ¿A
dónde fue a parar la foto de mis padres noviando en las cálidas aguas de
Guanabo?

Recientemente tuve la oportunidad de dilucidar cierta parte de la
incógnita en Hollywood, una de las playas del sur de la Florida donde
los cubanos acuden en masa durante los fines de semana. Lo que se esfumó
en la isla reapareció en este sitio, y en otros similares y sus
protagonistas lo amparan como un tesoro disputado a la desidia del
gobierno que desean distante para que no se entrometa otra vez en sus vidas.

Se trata de una versión mejorada y en vivo de Gente en la playa, que
Almendros disfrutaría sobremanera. Rostros radiantes, satisfechos, de
personas laboriosas y responsables con planes de futuro. El paso sobre
la tierra como debe ser: una jornada de entrega y esfuerzos recompensada
por merecidos bienes materiales y espirituales.

Familias a la vera de toldos y sombrillas, padres rodeados de niños y
abuelos, comiendo y tomando generosamente como corresponde a esta
impetuosa e infalible nacionalidad, no obstante los contratiempos de
medio siglo de severa dictadura que, desde el comienzo, perdió la
brújula del bienestar y demostró tener una incapacidad congénita de
producir felicidad.

ALEJANDRO RIOS: Gente en la playa – Opinión – El Nuevo Herald (24 July 2009)
http://www.elnuevoherald.com/opinion/story/504261.html

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