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Cuba: La revolución que se avizora

Publicado el sábado, 07.18.09
Cuba: La revolución que se avizora
By ARIEL HIDALGO

Una segunda revolución es inminente en Cuba. No se trata de una
revolución contra otra, porque ya la primera dejó de existir hace más de
cuarenta años. Aquella que en nombre de las clases trabajadoras comenzó
expropiando a terratenientes (reforma agraria), a ''casatenientes''
(reforma urbana) y a capitalistas (Ley 1076 de nacionalizaciones),
luego, una vez derrotada la oposición armada y consolidado el ''estado
revolucionario'', quedó fosilizada en una esclerosis mortal. Su fin se
hizo muy claramente ostensible en 1968 con el drástico retroceso social
que significó la llamada ''ofensiva revolucionaria'', el despojo de
medios de producción de la gran mayoría de trabajadores independientes
–o sea, en vez de la demanda marxista de dar a los trabajadores los
medios de producción, se les quitaba a aquellos que ya los poseían,
quienes pasaban a engrosar el inmenso ejército de asalariados del
estado–; y en la arena internacional, con el apoyo de la dirigencia
cubana a la intervención soviética a Checoslovaquia donde comenzaba a
ensayarse un sistema de socialismo humano.

Tras eso vino la institucionalización del modelo nacido de aquel
proceso. Pero ¿cuál modelo? Casi todas las propiedades y bienes de
producción quedaron bajo el control del estado, a su vez bajo la
supervisión de un partido que teóricamente representaba los intereses de
obreros y campesinos.

Pero en los años 70 un humilde maestro de obreros comenzó a percatarse
de que todos sus alumnos enfrentaban serias contradicciones con las
administraciones de sus respectivas empresas y también con funcionarios
públicos incapaces de dar solución a los problemas de la ciudadanía. Y
tratando de aclarar todas sus dudas, escribió lo que poco a poco fue
convirtiéndose en libro. Todas las riquezas del país habían pasado de
unas manos a otras, de la alta, mediana y pequeña ''burguesía'' a las
del estado y ese estado, que supuestamente representaba los intereses de
los trabajadores, necesitaba ahora de toda una inmensa legión de
funcionarios públicos. Y como los que controlan directamente los medios
de producción adquieren gran poder sobre aquellos que se ven obligados a
operarlos para subsistir, estos últimos tienen que someterse a las
arbitrariedades de esa nueva casta de burócratas prepotentes para
continuar desposeídos y explotados dentro del mismo sistema salarial de
la época prerrevolucionaria, convertidos ahora en meras tuercas de la
maquinaria estatal. Cosas como éstas decía aquel libro que costó al
autor siete años de cárcel y que predecía el inevitable advenimiento de
una segunda revolución.

¿Cuál revolución? Pues aquella que, por una parte, pusiera fin al
control monopólico del Partido Comunista sobre las comisiones de
candidaturas y por otra terminara expropiando al único ente controlador
y explotador que quedaba, al propio estado, para hacer pasar finalmente
de la estatización a la socialización –dos conceptos que no deben
confundirse–, lo cual equivale, entre otras medidas, a entregar las
tierras a los campesinos; suprimir las excesivas restricciones tanto a
cuentapropistas como a pequeños productores agrícolas; cooperativizar
los pequeños centros actualmente controlados por el estado como
cafeterías, lavanderías, barberías, a favor de sus respectivos
colectivos laborales; conceder a los potenciales inversionistas de
origen cubano el mismo derecho de los extranjeros; liberar la fuerza de
trabajo contratada en las empresas extranjeras y establecer el sistema
autogestionario en las grandes empresas actualmente bajo control
estatal, ideas todas estas que actualmente son compartidas por numerosos
académicos de las universidades cubanas, por funcionarios estatales e
incluso por militantes del Partido Comunista, según se desprende de
incontables artículos publicados en diversos blogs.

¿Cómo se realizaría esa revolución? La experiencia de una lucha cívica
emprendida por unos pocos prisioneros en el más lamentable estado de
indefensión por la defensa de los derechos fundamentales de los
ciudadanos, extendida luego a las calles para propagarse rápidamente por
todo el país a pesar de un férreo estado policial elevado a la quinta
potencia nos hizo ver, primero, que aquella revolución era posible por
vías no violentas; segundo, que esa no violencia era la única vía que
podía garantizar el triunfo de los derechos; y tercero, que sólo la no
violencia garantizaba que ese triunfo fuera definitivo y permanente.

Habíamos aprendido que en nuestro país el recurso insurreccional, tan
frecuentemente ensayado, era la más superficial de todas las soluciones,
porque siempre terminaba en un círculo vicioso de tiranías que engendran
revoluciones y revoluciones que engendran nuevas tiranías. Porque la
raíz de los problemas no era ni la carencia de capitales o partidos
políticos, ni nuevas instituciones o constituciones, sino la ausencia de
una conciencia cívica en la ciudadanía. Si se fomentaba esa conciencia
con una prédica de paz y respeto, y sobre todo con el ejemplo, todo lo
demás se daría por añadidura. La única revolución que faltaba era la que
debería producirse en la conciencia de los seres humanos. Porque las
llaves de un mundo de paz y libertad no están en el mundo terrenal, sino
en el reino del espíritu. Es preciso conquistar ese reino y se abrirán,
de una vez y para siempre, los caminos de la tierra prometida.

infoburo@aol.com

ARIEL HIDALGO: Cuba: La revolución que se avizora – Opinión – El Nuevo
Herald (17 July 2009)
http://www.elnuevoherald.com/opinion/v-fullstory/story/499891.html

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