Cuba Derechos Humanos

Cuba: el sable del general Ochoa

Cuba: el sable del general Ochoa
VICENTE BOTÍN 28/07/2009

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) nunca han utilizado
sus fusiles para reprimir a la población. El eficaz aparato policial de
la dictadura ha hecho hasta ahora innecesaria su intervención. Pero el
grado de insatisfacción de los cubanos es cada vez mayor. El Gobierno
teme que se produzca una revuelta popular como el maleconazo de 1994,
sólo que esta vez no sería para pedir democracia y libertad, sino el
final del permanente periodo especial en que vive la isla desde el
hundimiento de la Unión Soviética, y que se ha agravado en los últimos
meses por la escasez de alimentos y los cortes de luz. En las calles de
La Habana han comenzado a aparecer carteles con la leyenda "Abajo Raúl".

Se cumplen 20 años de la ejecución del militar que cuestionó la
autoridad de Fidel

En la próxima crisis cubana, los oficiales tendrán que decidir adónde
apuntan

El dilema es cómo van a responder las FAR en el caso de que miles de
personas se lancen a la calle para pedir alimentos. Salvo la cúpula
militar que goza de las mismas prebendas que la nomenclatura, los
oficiales del Ejército cubano y sus familias sufren las mismas
penalidades de la población civil. Por si fuera poco, no se han
recuperado todavía del malestar que les produjo el fusilamiento del
general Arnaldo Ochoa, el militar más popular, el más condecorado, el
vencedor de la guerra de Angola, distinguido con el galardón de Héroe de
la República de Cuba, que fue ejecutado como un delincuente hace 20
años, el 13 de julio de 1989.

El general Ochoa y tres altos oficiales, el coronel Antonio de la
Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez Valdés,
fueron procesados en un juicio sumarísimo por el delito de alta traición
a la patria y a la revolución y ajusticiados. La conmoción que
produjeron aquellas ejecuciones y las subsiguientes purgas que se
llevaron por delante, entre otros, al poderoso ministro del Interior, el
general José Abrantes, permanece en el inconsciente colectivo. Con
aquellas muertes, los hermanos Castro reforzaron su poder al matar dos
pájaros de un tiro: por un lado, borraron las huellas que implicaban al
Gobierno cubano en el narcotráfico; y por otro, se deshicieron de un
rival en un momento muy peligroso para la revolución, tres meses después
de la visita a la isla de Mijaíl Gorbachov, cuando la perestroika se
discutía abiertamente en los cuarteles.

En 1975, Cuba desplegó el primer contingente de los más de 40.000
soldados que fueron enviados a luchar a la lejana Angola. La muerte del
Che Guevara en Bolivia y el fracaso de la insurgencia apoyada por Cuba
en América Latina llevaron a Fidel Castro a dirigir a otras tierras el
concurso de sus "modestos esfuerzos". Las legiones cubanas se
desplegaron en el Congo, Eritrea y sobre todo en Angola. Pero el
Gobierno cubano, a pesar de la ayuda soviética, no contaba con los
recursos necesarios para financiar esas guerras. El coronel Antonio de
la Guardia dirigía entonces el Departamento MC (Moneda Convertible) del
Ministerio del Interior. Desde Panamá, donde operaba, había tejido una
compleja trama de sociedades comerciales para aprovisionar a Cuba de
equipos y tecnología, difíciles de conseguir debido al bloqueo estadouniden

-se. Todo ese entramado sirvió de sostén a las tropas expedicionarias en
Angola, que se autofinanciaron con el contrabando de oro, diamantes,
marfil y también con droga, algo común en las guerrillas de América Latina.

En su libro Dulces guerreros cubanos, Norberto Fuentes asegura que Fidel
Castro estaba al tanto de las operaciones de narcotráfico y pone en boca
de su hermano Raúl estas palabras: "Fidel dice que en definitiva todas
las guerras coloniales en Asia se hicieron con opio. Entonces nada más
justo que los pueblos devolvamos la acción, como venganza histórica".

En 1983, el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan afirmó que
funcionarios cubanos de alto rango estaban involucrados en el
narcotráfico. Fidel Castro dio la callada por respuesta. Pero seis años
después, a comienzos de 1989, la DEA, la agencia antidroga del Gobierno
estadounidense, descubrió que el departamento MC del Ministerio del
Interior cubano estaba implicado en una operación del cartel colombiano
de Medellín, dirigido por Pablo Escobar, para enviar un cargamento de
cocaína a Estados Unidos. La bomba tanto tiempo oculta podía estallar de
un momento a otro. Fidel Castro podía ser acusado de complicidad en el
tráfico de drogas. El comandante tenía que hacer algo sonado para
despejar cualquier duda sobre su honorabilidad.

El 12 de junio de 1989 el general Arnaldo Ochoa y sus más próximos
colaboradores fueron detenidos y acusados de narcotráfico. La sorpresa,
sobre todo en los cuarteles, fue general. Sólo unos pocos enterados
estaban al tanto de los hechos y se imaginaron que era una maniobra de
distracción. Dariel Alarcón Ramírez, alias Benigno, superviviente de la
guerrilla del Che en Bolivia, entonces muy cercano al poder, escribió en
su libro Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la Revolución
que "corría el rumor por todo el Palacio de que iban a juzgar a Arnaldo
(Ochoa), Tony (Antonio de la Guardia) y los demás para aplacar a los
norteamericanos y, sobre todo, para sacar a Fidel del atolladero.
Después los escondería en algún sitio, bien protegidos. Se habló mucho
de Cayo Largo para Ochoa. La verdad es que no estábamos preocupados".

Durante el juicio, retransmitido por televisión, el propio Ochoa se
mostró despreocupado al principio y luego arrepentido. "Creo que
traicioné a la patria y, se lo digo con toda honradez, la traición se
paga con la vida", le dijo a su conmilitón, el general Juan Escalona
Reguera, fiscal de la causa.

La autoconfesión del general Ochoa, algo común en todos los procesos
estalinistas, como ha ocurrido recientemente con Carlos Lage y Felipe
Pérez Roque, formaba parte de la farsa. Pero contra todo pronóstico,
Arnaldo Ochoa y sus compañeros de armas fueron condenados a muerte y
fusilados. La sorpresa fue mayúscula. Brian Latell, analista de la CIA
en temas cubanos, escribió en su libro Después de Fidel. La historia
secreta del régimen cubano y quién lo sucederá que Fidel Castro urdió la
crisis. "El único crimen de Ochoa -escribe Latell- fue cuestionar la
autoridad de Castro (…) Fidel pensó que Ochoa debía ser condenado por
crímenes realmente horribles (…) para así excluir toda posibilidad de
alguna reacción violenta de los militares (…). Los cargos de
narcotráfico eran una cortina de humo".

Durante los 20 años que han transcurrido desde aquellas ejecuciones, los
oficiales del Ejército cubano, principalmente los capitanes y
comandantes educados en los ideales que encarnó el general Ochoa, han
visto cómo los hermanos Castro y los altos oficiales de las FAR han
seguido celebrando el banquete de la victoria, mientras el pueblo cubano
iba de peor en peor. Ahora que la fiesta toca a su fin, los oficiales
jóvenes temen perder su derecho de primogenitura sin la esperanza de
poder ocupar las vacantes que inexorablemente van a dejar los viejos
generales. Asisten, como el resto de la población, a los funerales de
una revolución que les ha condenado a vivir miserablemente en casas
ruinosas, castigados por los apagones y la falta de agua; padecen las
deficiencias de un sistema de salud seriamente enfermo, y hacen largas
colas en las bodegas para comprar los productos cada vez más escasos de
la libreta de racionamiento. Y tienen también que resolver, es decir
tienen que robar como los civiles para poder sobrevivir. En medio de esa
debacle crece cada vez más la posibilidad de un estallido social o de un
nuevo éxodo hacia Estados Unidos, y con ello la probabilidad de que les
ordenen salir a la calle para "defender" a la revolución de las víctimas
que ha creado la propia revolución.

El general Arnaldo Ochoa murió fusilado hace 20 años, sin que su sable
hubiera sido utilizado nunca contra la población civil. Los que llegado
el caso se vean obligados a empuñarlo tendrán que decidir en qué
dirección van a dirigir el mandoble.

Vicente Botín fue corresponsal de Televisión Española en Cuba y es autor
del libro Los funerales de Castro.

Cuba: el sable del general Ochoa · ELPAÍS.com (28 July 2009)
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Cuba/sable/general/Ochoa/elpepuopi/20090728elpepiopi_4/Tes

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